martes, 24 de mayo de 2011

Campaña del Enfermo 2011
GUIÓN LITÚRGICO 29 de mayo
VI Domingo de Pascua - Pascua del Enfermo

¿Cómo se enfrentan hoy los jóvenes a los acontecimientos fundamentales de la existencia,
es decir, a la salud y la enfermedad, a la vida y la muerte, al sufrimiento y la
curación?
La salud es uno de los bienes fundamentales del ser humano y constituye una de sus
aspiraciones permanentes. Para los mismos jóvenes la salud es algo muy importante en
su vida. Pero junto a la alta valoración de la salud, encontramos comportamientos y
actitudes contradictorias. Ponemos nuestra salud en manos de los grandes avances de
las ciencias médicas y quizá nos sentimos menos responsables de nuestra salud.
La Iglesia ha de aportar aquello que le es más propio, es decir, ayudar a los jóvenes de
hoy a vivir su salud de manera sana y responsable; estar cerca de los jóvenes que sufren
y acompañarles a afrontar esa realidad y a vivirla como posibilidad de crecimiento y
de maduración; reconocer y avivar la sensibilidad y solidaridad de los jóvenes hacia las
personas enfermas, con discapacidad, mayores o con dependencia. Cualquier época
de la vida, probablemente más aún en la juventud, es importante tomar conciencia del
valor y sentido de la salud. Jesús es la salud y seguirle es una de las maneras más sanas
y gratificantes de vivir.
Enfermedad, dolor y sufrimiento son experiencias personales, cargadas siempre de misterio,
un misterio difícil de aceptar y de sobrellevar, difícil de expresar con palabras. Los
jóvenes sufren y enferman. Jesús pasó por esta experiencia humana y nos enseñó cómo
debemos vivirlo personalmente. Las actitudes de Jesús nos ayudan a vislumbrar desde
la fe el sentido de la vida, también en medio del sufrimiento, y el valor redentor del
amor. Pero, sobre todo, nos enseñan a descubrir que podemos buscar un para qué.
Jesús no pasó de largo ante los enfermos, se acercó a ellos, se conmovió ante su situación,
les dedicó una atención preferente y los libró de la soledad y abandono en que
se encontraban reintegrándolos a la comunidad. Los jóvenes disponen, por ello, de un
enorme potencial interior para ayudar a los que sufren.
No es agradable oír hablar del morir y la muerte y menos en una etapa donde lo que
prima es la sensación de vivir. Sin embargo, la muerte está presente en los jóvenes, y
aunque de formas muy diversas, con frecuencia, la realidad de la vida les obliga a tener
que encararla de frente. La muerte entonces impacta con fuerza, deja sin palabras, remueve
por dentro, provoca reacciones, suscita preguntas e interrogantes, etc. La muerte
forma parte de la vida.
Jesús ama la vida, se conmueve ante la muerte y llora. A Jesús no le deja indiferente
la muerte. Mirar la muerte, a la luz de Jesús, ayuda a vivir más plenamente la vida y a
valorar y agradecer la vida como un don que se ha de vivir en actitud de agradecimiento
y alabanza; ayuda a vivir las pequeñas muertes de cada día y acompañar a quienes
están experimentando la muerte en su propia carne y necesitan alguien que les tienda
su mano y les consuele; ayuda a combatir lo que aquí y ahora está generando muerte:
hambre, violencia, guerras, deterioro de la naturaleza, reparto injusto de recursos, etc.
A todos nos incumbe la tarea y la responsabilidad de cuidar y curar la vida en sus
grandes acontecimientos y trasmitir formas sanas de vida. Como testigos de Cristo resucitado
tenemos que vivir curando la vida y aliviando el sufrimiento.
Canciones para la celebración
❖ Entrada: Cristo resucitó. Aleluya (CLN A 13); En medio de nosotros (2CLN, A6);
Invoco al Dios altísimo (CLN, 713).
❖ Salmo 65: El Señor me libró de todas mis ansias.
❖ Aleluya: 1CLN, E 2
❖ Preparación de Ofrendas: Bendito seas, Señor. (1CLN, H5); Ubi Caritas, o Música
instrumental
❖ Santo 1CLN, I 5
❖ Comunión: Donde hay caridad y amor (1CLN, O 26); Pequeñas aclaraciones
(CLN, 725); Fiesta del banquete (1CLN, O 23);
❖ Final: Regina coeli (gregoriano). María, madre del dolor (del disco ¡Vive! de
Kairoi); Canción del testigo (1CLN-404); Gracias, Señor, por nuestra vida (1CLN,
609); Una canción popular.
ORACIÓN
Padre de bondad y misericordia,
en la Cruz de tu Hijo has dado
el mayor signo de amor
y regalado la vida en plenitud.
El sufrimiento, cargado de misterio,
es difícil de aceptar y sobrellevar.
Duele el dolor del inocente,
nos cuestiona el sufrimiento del joven
y su muerte, tronchando en flor,
proyectos y esperanzas.
Ayúdanos, Señor Jesús, a contemplar la Cruz
en la que bajaste a las profundidades
del sufrimiento humano;
en ella nos hiciste partícipes de tu amor,
para poder mirar con ojos de esperanza
los males que nos afligen.
Allí, al pie de la cruz, María,
desde el abismo de su dolor,
acogió la misión de ser madre
de Cristo en todos sus miembros.
Que ella, estrella de la esperanza,
nos ayude a verte y encontrarte
en el rostro del hermano que sufre,
y, en el rostro del enfermo, sepamos ver
el rostro de los rostros: el de Cristo.
Juventud y salud


Juventud y salud
Campaña del Enfermo 2011
Mensaje de los Obispos de la Comisión
Episcopal de Pastoral
MENSAJE CEP
Los mismos jóvenes la valoran como algo muy importante en su vida, junto con la familia
y los amigos. La evolución de la sociedad y el avance de las ciencias médicas nos
permiten constatar que la salud de los jóvenes nunca ha estado mejor que hoy.
Estas realidades son dignas de elogio y animamos por tanto a los responsables a seguir
aportando nuevas iniciativas. Pero al mismo tiempo, junto a la alta valoración de la
salud, encontramos comportamientos y actitudes contradictorias. No podemos silenciar
que sigue habiendo datos preocupantes en la salud de los jóvenes, como son el aumento
del estrés mental, el abuso del alcohol, el tabaco, las drogas, la nutrición inadecuada, la
escasa actividad física, los accidentes y las enfermedades de transmisión sexual.
2. Disponemos de grandes avances en las ciencias médicas y de sofisticadas tecnologías,
pero quizá dependemos más de ellos y nos sentimos menos responsables de
nuestra salud. La Campaña del Enfermo y la celebración de la Pascua son momentos
importantes para una reflexión sobre la vida misma y los acontecimientos que le dan
contenido, con sus luces y sus sombras, con su carga más humana y esa entraña solidaria
que se hace arte en el cuidar y curar, en el acoger y acompañar la salud en su
dimensión más plena.
En este tiempo de Pascua resuena con fuerza la invitación de Cristo Resucitado a
vivir la vida, a sentirnos responsables de nuestra salud, a cuidarla como un tesoro que
nos permite vivir humanamente, entregándonos por amor al servicio de los necesitados.
Hemos de unir esfuerzos y aportar lo que a la Iglesia le es más propio, es decir, ayudar
a los jóvenes de hoy a vivir su salud de manera sana y responsable; estar cerca de los
jóvenes que sufren y acompañarles a afrontar esa realidad y a vivirla como oportunidad
para el crecimiento y la maduración; reconocer y avivar la sensibilidad y solidaridad de
los jóvenes hacia las personas enfermas, con discapacidad, mayores o dependientes.
Una serena lectura de las páginas sobre la salud en el Evangelio nos ayudará a descubrir
que en Jesús, su persona, sus intervenciones, sus gestos, toda su actuación y su
vida despiertan y promueven la vida y la salud del ser humano: “he venido para que
tengan vida y la tengan abundante” (cf. Jn 10, 10). Jesús es la salud y seguirle es una de
las formas más sanas y gratificantes de vivir.
3. La enfermedad es una experiencia dolorosa y da origen a diversos tipos de sufrimiento.
Duele el dolor físico pero también el sufrimiento espiritual, es decir, duele
verse limitado y frágil, no valerse por sí mismo y tener que depender de los demás,
hacer sufrir a los familiares, sentir la propia vida amenazada, sufrir sin saber por qué,
para qué y hasta cuándo. Enfermedad, dolor y sufrimiento son experiencias personales,
MENSAJE CEP
envueltas en el misterio, un misterio difícil de aceptar y de sobrellevar, difícil de expresar
con palabras. Los jóvenes sufren y también enferman. ¿Cómo reaccionan? ¿Cómo lo
afrontan y lo viven? ¿De qué recursos disponen? ¿Qué es lo que les ayuda?
Jesús pasó por esta experiencia humana y nos enseñó cómo debemos vivirlo nosotros.
Sus actitudes nos ayudan a vislumbrar desde la fe el sentido de la vida, también
en el sufrimiento. Nos enseñan el valor redentor del amor y, sobre todo, a descubrir
que podemos buscar un para qué. Él vive la vida en plenitud, con una profunda alegría
interior que le brota de la vivencia gozosa del Padre y de su dedicación a la causa del
Reino. Jesús se somete a la cruz para cumplir la voluntad del Padre,
4. Estar junto al enfermo no resulta fácil, complica a veces nuestra vida, nos plantea
profundos interrogantes y nos recuerda cosas que no aceptamos con facilidad. Jesús
nunca pasó de largo ante los enfermos. Se acercó a ellos, se conmovió por su situación,
les dedicó atención preferente y les libró de la soledad y el abandono en que se encontraban,
hasta reintegrarlos a la comunidad.
Los jóvenes disponen de un enorme potencial interior para ayudar a los que sufren.
Y llegan a descubrir que su ayuda a los que sufren es un servicio a Jesús: “Estuve enfermo
y me visitasteis” (Mt 25,36), un servicio a la humanidad y un servicio que revierte
en ellos mismos.
5. Oír hablar de muerte en una una etapa de la vida en la que desbordan las sensaciones
de vivir no es agradable. Sin embargo, la muerte está también presente en los
jóvenes, y la realidad de la vida les obliga a tener que encararla de frente: el amigo
que se estrelló con la moto, el compañero que se despeñó en la sierra, el amigo al que
quieres tanto y que se va agotando por semanas con el cáncer, el que no pudo dejar
de pincharse, el compañero de clase que se cansó de vivir, la persona ya mayor, tan
entrañable y querida, que murió de repente....
Impacta entonces la muerte y nos deja sin palabras, remueve por dentro, provoca
reacciones, suscita preguntas e interrogantes, etc. Ahora bien, como la muerte forma
parte de la vida, ¿es mejor soslayarla o mirarla de frente? ¿Podemos hacerlo de forma
madura y positiva? Jesús ama la vida, se conmueve ante la muerte y llora. Sus gestos,
sus palabras y su trayectoria nos muestran una forma de vivir la vida de manera intensa,
con realismo, sin idealizarla ni envolverla en amargura y desesperanza.
Mirar la muerte, a la luz de Jesús, ayuda a vivir más plenamente la vida y a valorar
y agradecerla como don de Dios, don que se ha de vivir en actitud de agradecimiento
y alabanza. Ayuda a vivir los pequeños tránsitos de cada día y acompañar a quienes
están experimentando la muerte en su propia carne y necesitan alguien que les tienda
su mano y les consuele; ayuda a combatir lo que aquí y ahora está generando muerte:
hambre, violencia, guerras, deterioro de la naturaleza, reparto injusto de recursos, etc.
6. Ante estos grandes acontecimientos de la vida, vosotros, queridos jóvenes, sois
los grandes protagonistas de la Campaña. Podéis llegar, mejor que nadie, a vuestros
compañeros y amigos y compartir juntos puntos de vista, búsquedas, testimonios y
experiencias. Hasta encontraros con Jesús, para implicaros y apoyaros en actividades y
compromisos en este campo. Sois los jóvenes los principales evangelizadores del mundo
en el que vivís. Como profesionales que trabajáis en el mundo de la salud o como
voluntarios en una asociación, movimiento o equipo pastoral.
A todos nos incumbe la tarea y la responsabilidad de cuidar y curar la vida en sus
momentos difíciles y trasmitir formas sanas de vida. Las comunidades cristianas, los
servicios pastorales de los hospitales, los profesionales sanitarios cristianos, los educadores
y formadores, los movimientos y voluntariados, todos en la Iglesia hemos de
ayudar a descubrir los valores saludables que encierra el Evangelio. ¿Cómo? Responsabilizándonos
del cuidado de nuestra salud y de la promoción de la salud de los otros.
Como testigos del Resucitado, vivamos curando la vida y aliviando el sufrimiento.
Que María, Madre de los Jóvenes y Salud de los enfermos, acompañe nuestros días
de Pascua y toda nuestra vida.
Los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral
Sebastià Taltavull Anglada, Obispo Auxiliar de Barcelona
Rafael Palmero Ramos, Obispo de Orihuela-Alicante
Francesc Pardo Artigas, Obispo de Girona
José Manuel Lorca Planes, Obispo de Cartagena-Murcia
José Vilaplana Blasco, Obispo de Huelva

XIX Jornada Mundial del Enfermo 2011

XIX Jornada Mundial del Enfermo
Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI
11 de febrero de 2011
“Por sus heridas habéis sido
curados” (1P 2, 24)
¡Queridos hermanos y hermanas!
Con ocasión de la memoria de la Santísima Virgen de Lourdes, que se celebra el 11 de
febrero, la Iglesia propone cada año la Jornada Mundial del Enfermo. Como lo quiso el
Venerable Juan Pablo II, esta circunstancia es propicia para reflexionar en torno al misterio
del sufrimiento y, sobre todo, para que nuestras comunidades y la sociedad civil sean más
sensibles hacia los hermanos y hermanas enfermos. Si cada hombre es nuestro hermano, con
mayor razón deben estar en el centro de nuestra atención el débil, el que sufre y el que
necesita atención, a fin de que ninguno de ellos se sienta olvidado o marginado; de hecho “la
grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento
y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad
que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que
el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e
inhumana” (Carta Encíclica Spe Salvi, 38). Las iniciativas que se promoverán en cada una de
las Diócesis con ocasión de esta Jornada, sirvan de estímulo a fin de hacer cada vez más
eficaz el cuidado de los que sufren y en la perspectiva de la solemne celebración que se
realizará en el 2013 en el Santuario mariano de Altötting, Alemania.
1. Todavía conservo vivo en el corazón el momento en que, durante mi visita pastoral a
Turín, me detuve a reflexionar y orar ante el Sagrado Sudario, delante de ese rostro sufriente
que nos invita a meditar en Aquel que ha cargado sobre sí la pasión del hombre de todo
tiempo y lugar, incluso nuestros sufrimientos, nuestras dificultades y nuestros pecados. A lo
largo de la historia ¡cuántos fieles han pasado delante de esa tela sepulcral, que ha envuelto el
cuerpo de un hombre crucificado, que corresponde en todo a lo que nos transmiten los
Evangelios sobre la pasión y la muerte de Jesús! Contemplarlo es una invitación a reflexionar
sobre lo que escribe san Pedro: “Por sus heridas habéis sido curados” (1P 2,24). El Hijo de
Dios ha sufrido, ha muerto, pero ha resucitado, y precisamente por esto esas llagas son el
signo de nuestra redención, del perdón y de la reconciliación con el Padre; pero también se
han convertido en banco de pruebas para la fe de los discípulos y para nuestra fe: cada vez
que el Señor habla de su pasión y muerte, ellos no comprenden, se oponen, lo rechazan. Para
ellos, como para nosotros, el sufrimiento permanece siempre cargado de misterio, difícil de
aceptar y de sobrellevar. Los dos discípulos de Emaús caminan tristes por los acontecimientos
ocurridos en esos días en Jerusalén, y sólo cuando el Resucitado recorre el camino con ellos,
se abren a una visión nueva (cfr. Lc 24, 13-31). También el apóstol Tomás manifiesta la
dificultad de creer en el camino de la pasión redentora: “Si no veo en sus manos la señal de
los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no
creeré” (Jn 20, 25). Pero frente a Cristo que le muestra sus heridas, su respuesta se transforma
en una conmovedora profesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28). Lo que antes era
un obstáculo insuperable, porque es visto como señal del aparente fracaso de Jesús, en el
encuentro con el Resucitado se vuelve la prueba de un amor victorioso: “Sólo un Dios que
nos ama hasta cargar con nuestras heridas y nuestro dolor, sobre todo del inocente, es digno
de fe” (Mensaje Urbi et Orbi, Pascua 2007).
2. Queridos enfermos y personas que sufrís, precisamente a través de las llagas de Cristo
podemos ver, con ojos de esperanza, todos los males que afligen a la humanidad.
Resucitando, el Señor no ha querido quitar el sufrimiento y el mal del mundo, pero los ha
vencido en su raíz. A la prepotencia del Mal ha opuesto la omnipotencia de su Amor. Nos ha
indicado, pues, que el Amor es el camino de la paz y del gozo: “Como yo os he amado, así
también os améis unos a otros” (Jn 13, 34). Cristo, vencedor de la muerte, está vivo entre
nosotros. Y mientras, con san Tomás, repetimos también nosotros: “¡Señor mío y Dios mío!”,
sigamos a nuestro Maestro con la disponibilidad de dar la vida por nuestros hermanos (cfr.
1Jn 3, 16), como mensajeros de un gozo que no teme el dolor, el gozo de la Resurrección.
San Bernardo afirma: “Dios no puede padecer, pero puede compadecer”. Dios es la Verdad y
el Amor en persona, quiso sufrir por nosotros y con nosotros; se hizo hombre para poder compadecer
con el hombre, de manera real, en carne y sangre. Por tanto, en todo sufrimiento
humano ha entrado Uno que comparte el sufrimiento y el padecer; en cada sufrimiento se
difunde la con-solatio, la consolación del amor partícipe de Dios para hacer aparecer la
estrella de la esperanza (cfr. Carta Encíclica Spe Salvi, 39).
A vosotros, queridos hermanos y hermanas, repito este mensaje a fin de que seáis testigos de
él a través de vuestro sufrimiento, de vuestra vida y de vuestra fe.
3. Teniendo en cuenta la cita de Madrid, en el próximo mes de agosto de 2011, para la
Jornada Mundial de la Juventud, quisiera dirigir también un pensamiento particular a los
jóvenes, especialmente a los que viven la experiencia de la enfermedad. A menudo la Pasión
y la Cruz de Jesús atemorizan, porque aparentan ser como la negación de la vida. En realidad,
¡es exactamente lo contrario! La Cruz es el “sí” de Dios al hombre, la expresión más elevada
y más intensa de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna. Del corazón atravesado de
Jesús ha brotado esta vida divina. Sólo Él es capaz de liberar al mundo del mal y de hacer
crecer su Reino de justicia, de paz y de amor al cual todos aspiramos (cfr. Mensaje para la
Jornada mundial de la Juventud 2011, 3). Queridos jóvenes, aprended a “ver” y a “encontrar”
a Jesús en la Eucaristía, donde está presente de manera real para nosotros, hasta hacerse
alimento para el camino, pero reconocedlo y servidlo también en los pobres, en los enfermos,
en los hermanos que sufren y están en dificultad; ellos tienen necesidad de vuestra ayuda (cfr.
ibid. 4). A todos vosotros jóvenes, enfermos y sanos, os invito a crear puentes de amor y
solidaridad, a fin de que ninguno se sienta solo, sino cercano a Dios y formando parte de la
gran familia de sus hijos (cfr. Audiencia general, 15 de noviembre de 2006).
4. Contemplando las heridas de Jesús nuestra mirada se dirige a su sacratísimo Corazón, en
el cual se manifiesta en sumo grado el amor de Dios. El Sagrado Corazón es Cristo
crucificado, con su costado atravesado por la lanza del cual brotan sangre y agua (cfr. Jn 19,
34), “símbolo de los sacramentos de la Iglesia, a fin de que todos los hombres, atraídos por el
Corazón del Salvador, lleguen con gozo a la fuente perenne de la salvación” (Misal Romano,
Prefacio de la Solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús). Especialmente vosotros,
queridos enfermos, sentid la cercanía de este Corazón cargado de amor y acercaos con fe y
con gozo a esa fuente, orando: “Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo,
confórtame. Oh buen Jesús, escúchame. Dentro de tus llagas, escóndeme” (Oración de S.
Ignacio de Loyola).
5. Al concluir este Mensaje para la próxima Jornada Mundial del Enfermo, deseo manifestar
mi afecto a todos y a cada uno, sintiéndome partícipe de los sufrimientos y de las esperanzas
que vivís cotidianamente en unión a Cristo crucificado y resucitado, a fin de que os dé la paz
y la curación del corazón. Con Él os asista la Virgen María, a quien invocamos con confianza
Salud de los enfermos y Consoladora de los afligidos. A los pies de la Cruz se realiza para
ella la profecía de Simeón: su corazón de Madre será atravesado (cfr. Lc 2, 35). Desde el
abismo de su dolor, con el que participa en el de su Hijo, María se vuelve capaz de acoger la
nueva misión: ser la Madre de Cristo en sus miembros. En la hora de la Cruz, Jesús le
presenta a cada uno de sus discípulos diciéndole: “Ahí tienes a tu hijo” (cfr. Jn 19, 26-27). La
compasión materna hacia el Hijo, se vuelve compasión materna hacia cada uno de nosotros en
nuestros sufrimientos cotidianos (cfr. Homilía en Lourdes, 15 de setiembre de 2008).
Queridos hermanos y hermanas, en esta Jornada Mundial del Enfermo, invito también a las
Autoridades a fin de que inviertan más energías en estructuras sanitarias que ayuden y
sostengan a los que sufren, sobre todo a los más pobres y necesitados, y, dirigiendo mi
pensamiento a todas las Diócesis, envío un afectuoso saludo a los Obispos, a los sacerdotes, a
las personas consagradas, a los seminaristas, a los agentes sanitarios, a los voluntarios y a
todos los que se dedican con amor a curar y a aliviar las heridas de cada hermano o hermana
enfermos, en los hospitales o clínicas, en las familias: en los rostros de los enfermos aprended
a ver siempre el Rostro de los rostros: el de Cristo.
A todos aseguro mi recuerdo en la oración, a la vez que imparto a cada uno una Bendición
Apostólica especial.
Desde el Vaticano, 21 de noviembre de 2010
Fiesta de Cristo Rey del Universo
Benedictus PP XVI