
jueves, 8 de marzo de 2012
ANGELUS DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
¡Queridos hermanos y hermanas!
El Evangelio de este domingo nos presenta a Jesús que cura a los enfermos: primero a la suegra de Simón Pedro, que estaba en cama con fiebre, y Él, tomándola de la mano, la sanó y la levantó; y luego a todos los enfermos en Cafarnaún, probados en el cuerpo, en la mente y en el espíritu; Él "curó a muchos ... y expulsó muchos demonios" (Mc 1,34). Los cuatro evangelistas coinciden en testimoniar que la liberación de enfermedades y padecimientos de cualquier tipo, constituían, junto con la predicación, la principal actividad de Jesús en su vida pública. De hecho, las enfermedades son un signo de la acción del mal en el mundo y en el hombre, mientras que las curaciones demuestran que el Reino de Dios --y Dios mismo--, está cerca. Jesucristo vino para vencer el mal desde la raíz, y las curaciones son un anticipo de su victoria, obtenida con su muerte y resurrección.
Un día Jesús dijo: "No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal" (Mc. 2,17). En aquella ocasión se refería a los pecadores, que Él había venido a llamar y a salvar. Sigue siendo cierto que la enfermedad es una condición típicamente humana, en la cual experimentamos realmente que no somos autosuficientes, sino que necesitamos de los demás. En este sentido podríamos decir, de modo paradójico, que la enfermedad puede ser un momento que restaura, en el cual experimentar la atención de los otros y ¡prestar atención a los otros! Sin embargo, esta será siempre una prueba, que puede llegar a ser larga y difícil. Cuando la curación no llega y el sufrimiento se alarga, podemos permanecer como abrumados, aislados, y entonces nuestra vida se deprime y se deshumaniza. ¿Cómo debemos reaccionar ante este ataque del mal? Por supuesto que con la cura apropiada --la medicina en las últimas décadas ha dado grandes pasos, y estamos agradecidos--, pero la Palabra de Dios nos enseña que hay una actitud determinante y de fondo para hacer frente a la enfermedad, y es la fe en Dios, en su bondad. Lo repite siempre Jesús a la gente que sana: Tu fe te ha salvado (cf. Mc 5,34.36). Incluso de frente a la muerte, la fe puede hacer posible lo que es humanamente imposible. ¿Pero fe en qué? En el amor de Dios. He aquí la respuesta verdadera, que derrota radicalmente al mal. Así como Jesús se enfrentó al Maligno con la fuerza del amor que viene del Padre, así nosotros podemos afrontar y vencer la prueba de la enfermedad, teniendo nuestro corazón inmerso en el amor de Dios. Todos conocemos personas que han soportado terribles sufrimientos, debido a que Dios les daba una profunda serenidad. Pienso en el reciente ejemplo de la beata Chiara Badano, segada en la flor de la juventud de un mal sin remedio: cuantos iban a visitarla, ¡recibían de ella luz y confianza! Pero en la enfermedad, todos necesitamos del calor humano: para consolar a una persona enferma, más que palabras, cuenta la cercanía serena y sincera.
Queridos amigos, este próximo sábado 11 de febrero, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, se celebra la Jornada Mundial del Enfermo. Hagamos también como la gente en tiempos de Jesús: presentémosle espiritualmente a todos los enfermos, confiando en que Él quiere y puede curarlos. E invoquemos la intercesión de Nuestra Señora, en especial por las situaciones de mayor sufrimiento y abandono. María, Salud de los enfermos, ¡ruega por nosotros!
El Evangelio de este domingo nos presenta a Jesús que cura a los enfermos: primero a la suegra de Simón Pedro, que estaba en cama con fiebre, y Él, tomándola de la mano, la sanó y la levantó; y luego a todos los enfermos en Cafarnaún, probados en el cuerpo, en la mente y en el espíritu; Él "curó a muchos ... y expulsó muchos demonios" (Mc 1,34). Los cuatro evangelistas coinciden en testimoniar que la liberación de enfermedades y padecimientos de cualquier tipo, constituían, junto con la predicación, la principal actividad de Jesús en su vida pública. De hecho, las enfermedades son un signo de la acción del mal en el mundo y en el hombre, mientras que las curaciones demuestran que el Reino de Dios --y Dios mismo--, está cerca. Jesucristo vino para vencer el mal desde la raíz, y las curaciones son un anticipo de su victoria, obtenida con su muerte y resurrección.
Un día Jesús dijo: "No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal" (Mc. 2,17). En aquella ocasión se refería a los pecadores, que Él había venido a llamar y a salvar. Sigue siendo cierto que la enfermedad es una condición típicamente humana, en la cual experimentamos realmente que no somos autosuficientes, sino que necesitamos de los demás. En este sentido podríamos decir, de modo paradójico, que la enfermedad puede ser un momento que restaura, en el cual experimentar la atención de los otros y ¡prestar atención a los otros! Sin embargo, esta será siempre una prueba, que puede llegar a ser larga y difícil. Cuando la curación no llega y el sufrimiento se alarga, podemos permanecer como abrumados, aislados, y entonces nuestra vida se deprime y se deshumaniza. ¿Cómo debemos reaccionar ante este ataque del mal? Por supuesto que con la cura apropiada --la medicina en las últimas décadas ha dado grandes pasos, y estamos agradecidos--, pero la Palabra de Dios nos enseña que hay una actitud determinante y de fondo para hacer frente a la enfermedad, y es la fe en Dios, en su bondad. Lo repite siempre Jesús a la gente que sana: Tu fe te ha salvado (cf. Mc 5,34.36). Incluso de frente a la muerte, la fe puede hacer posible lo que es humanamente imposible. ¿Pero fe en qué? En el amor de Dios. He aquí la respuesta verdadera, que derrota radicalmente al mal. Así como Jesús se enfrentó al Maligno con la fuerza del amor que viene del Padre, así nosotros podemos afrontar y vencer la prueba de la enfermedad, teniendo nuestro corazón inmerso en el amor de Dios. Todos conocemos personas que han soportado terribles sufrimientos, debido a que Dios les daba una profunda serenidad. Pienso en el reciente ejemplo de la beata Chiara Badano, segada en la flor de la juventud de un mal sin remedio: cuantos iban a visitarla, ¡recibían de ella luz y confianza! Pero en la enfermedad, todos necesitamos del calor humano: para consolar a una persona enferma, más que palabras, cuenta la cercanía serena y sincera.
Queridos amigos, este próximo sábado 11 de febrero, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, se celebra la Jornada Mundial del Enfermo. Hagamos también como la gente en tiempos de Jesús: presentémosle espiritualmente a todos los enfermos, confiando en que Él quiere y puede curarlos. E invoquemos la intercesión de Nuestra Señora, en especial por las situaciones de mayor sufrimiento y abandono. María, Salud de los enfermos, ¡ruega por nosotros!
MENSAJE DEL SANTO PADRE CON OCASION DE LA JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO
MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVICON OCASIÓN DE LA XX JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO(11 de febrero de 2012)
“¡Levántate, vete; tu fe te ha salvado!” (Lc 17,19)
Queridos hermanos y hermanas!
En ocasión de la Jornada Mundial del Enfermo, que celebraremos el próximo 11 de febrero de 2012, memoria de la Bienaventurada Virgen de Lourdes, deseo renovar mi cercanía espiritual a todos los enfermos que se están hospitalizados o son atendidos por las familias, y expreso a cada uno la solicitud y el afecto de toda la Iglesia. En la acogida generosa y afectuosa de cada vida humana, sobre todo la débil y enferma, el cristiano expresa un aspecto importante de su testimonio evangélico siguiendo el ejemplo de Cristo, que se ha inclinado ante los sufrimientos materiales y espirituales del hombre para curarlos.
1. Este año, que constituye la preparación más inmediata para la solemne Jornada Mundial del Enfermo, que se celebrará en Alemania el 11 de febrero de 2013, y que se centrará en la emblemática figura evangélica del samaritano (cf. Lc 10,29-37), quisiera poner el acento en los “sacramentos de curación”, es decir, en el sacramento de la penitencia y de la reconciliación, y en el de la unción de los enfermos, que culminan de manera natural en la comunión eucarística.
El encuentro de Jesús con los diez leprosos, descrito en el Evangelio de san Lucas (cf. Lc 17,11-19), y en particular las palabras que el Señor dirige a uno de ellos: “¡Levántate, vete; tu fe te ha salvado!” (v. 19), ayudan a tomar conciencia de la importancia de la fe para quienes, agobiados por el sufrimiento y la enfermedad, se acercan al Señor. En el encuentro con él, pueden experimentar realmente que ¡quien cree no está nunca solo! En efecto, Dios por medio de su Hijo, no nos abandona en nuestras angustias y sufrimientos, está junto a nosotros, nos ayuda a llevarlas y desea curar nuestro corazón en lo más profundo (cf. Mc 2,1-12).
La fe de aquel leproso que, a diferencia de los otros, al verse sanado, vuelve enseguida a Jesús lleno de asombro y de alegría para manifestarle su reconocimiento, deja entrever que la salud recuperada es signo de algo más precioso que la simple curación física, es signo de la salvación que Dios nos da a través de Cristo, y que se expresa con las palabras de Jesús: tu fe te ha salvado. Quien invoca al Señor en su sufrimiento y enfermedad, está seguro de que su amor no le abandona nunca, y de que el amor de la Iglesia, que continúa en el tiempo su obra de salvación, nunca le faltará. La curación física, expresión de la salvación más profunda, revela así la importancia que el hombre, en su integridad de alma y cuerpo, tiene para el Señor. Cada uno de los sacramentos, además, expresa y actúa la proximidad Dios mismo, el cual, de manera absolutamente gratuita, “nos toca por medio de realidades materiales …, que él toma a su servicio y las convierte en instrumentos del encuentro entre nosotros y Él mismo” (Homilía, S. Misa Crismal, 1 de abril de 2010). “La unidad entre creación y redención se hace visible. Los sacramentos son expresión de la corporeidad de nuestra fe, que abraza cuerpo y alma, al hombre entero” (Homilía, S. Misa Crismal, 21 de abril de 2011).
La tarea principal de la Iglesia es, ciertamente, el anuncio del Reino de Dios, «pero precisamente este mismo anuncio debe ser un proceso de curación: “… para curar los corazones desgarrados” (Is 61,1)» (ibíd.), según la misión que Jesús confió a sus discípulos (cf. Lc 9,1-2; Mt 10,1.5-14; Mc 6,7-13). El binomio entre salud física y renovación del alma lacerada nos ayuda, pues, a comprender mejor los “sacramentos de curación”.
2. El sacramento de la penitencia ha sido, a menudo, el centro de reflexión de los pastores de la Iglesia, por su gran importancia en el camino de la vida cristiana, ya que “toda la fuerza de la Penitencia consiste en que nos restituye a la gracia de Dios y nos une a Él con profunda amistad” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1468). La Iglesia, continuando el anuncio de perdón y reconciliación, proclamado por Jesús, no cesa de invitar a toda la humanidad a convertirse y a creer en el Evangelio. Así lo dice el apóstol Pablo: “Nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo, os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Co 5,20). Jesús, con su vida anuncia y hace presente la misericordia del Padre. Él no ha venido para condenar, sino para perdonar y salvar, para dar esperanza incluso en la oscuridad más profunda del sufrimiento y del pecado, para dar la vida eterna; así, en el sacramento de la penitencia, en la “medicina de la confesión”, la experiencia del pecado no degenera en desesperación, sino que encuentra el amor que perdona y transforma (cf. Juan Pablo II, Exhortación ap. postsin. Reconciliatio et Paenitentia, 31).
Dios, “rico en misericordia” (Ef 2,4), como el padre de la parábola evangélica (cf. Lc 15, 11-32), no cierra el corazón a ninguno de sus hijos, sino que los espera, los busca, los alcanza allí donde el rechazo de la comunión les ha encerrado en el aislamiento y en la división, los llama a reunirse en torno a su mesa, en la alegría de la fiesta del perdón y la reconciliación. El momento del sufrimiento, en el cual podría surgir la tentación de abandonarse al desaliento y a la desesperación, puede transformarse en tiempo de gracia para recapacitar y, como el hijo pródigo de la parábola, reflexionar sobre la propia vida, reconociendo los errores y fallos, sentir la nostalgia del abrazo del Padre y recorrer el camino de regreso a casa. Él, con su gran amor vela siempre y en cualquier circunstancia sobre nuestra existencia y nos espera para ofrecer, a cada hijo que vuelve a él, el don de la plena reconciliación y de la alegría.
3. De la lectura del Evangelio emerge, claramente, cómo Jesús ha mostrado una particular predilección por los enfermos. Él no sólo ha enviado a sus discípulos a curar las heridas (cf. Mt 10,8; Lc 9,2; 10,9), sino que también ha instituido para ellos un sacramento específico: la unción de los enfermos. La carta de Santiago atestigua la presencia de este gesto sacramental ya en la primera comunidad cristiana (cf. 5,14-16): con la unción de los enfermos, acompañada con la oración de los presbíteros, toda la Iglesia encomienda a los enfermos al Señor sufriente y glorificado, para que les alivie sus penas y los salve; es más, les exhorta a unirse espiritualmente a la pasión y a la muerte de Cristo, para contribuir, de este modo, al bien del Pueblo de Dios.
Este sacramento nos lleva a contemplar el doble misterio del monte de los Olivos, donde Jesús dramáticamente encuentra, aceptándola, la vía que le indicaba el Padre, la de la pasión, la del supremo acto de amor. En esa hora de prueba, él es el mediador “llevando en sí mismo, asumiendo en sí mismo el sufrimiento de la pasión del mundo, transformándolo en grito hacia Dios, llevándolo ante los ojos de Dios y poniéndolo en sus manos, llevándolo así realmente al momento de la redención” (Lectio divina, Encuentro con el clero de Roma, 18 de febrero de 2010). Pero “el Huerto de los Olivos es también el lugar desde el cual ascendió al Padre, y es por tanto el lugar de la Redención … Este doble misterio del monte de los Olivos está siempre “activo” también en el óleo sacramental de la Iglesia … signo de la bondad de Dios que llega a nosotros” (Homilía, S. Misa Crismal, 1 de abril de 2010). En la unción de los enfermos, la materia sacramental del óleo se nos ofrece, por decirlo así, “como medicina de Dios … que ahora nos da la certeza de su bondad, que nos debe fortalecer y consolar, pero que, al mismo tiempo, y más allá de la enfermedad, remite a la curación definitiva, a la resurrección (cf. St 5,14)” (ibíd.).
Este sacramento merece hoy una mayor consideración, tanto en la reflexión teológica como en la acción pastoral con los enfermos. Valorizando los contenidos de la oración litúrgica que se adaptan a las diversas situaciones humanas unidas a la enfermedad, y no sólo cuando se ha llegado al final de la vida (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1514), la unción de los enfermos no debe ser considerada como “un sacramento menor” respecto a los otros. La atención y el cuidado pastoral hacia los enfermos, por un lado es señal de la ternura de Dios con los que sufren, y por otro lado beneficia también espiritualmente a los sacerdotes y a toda la comunidad cristiana, sabiendo que todo lo que se hace con el más pequeño, se hace con el mismo Jesús (cf. Mt 25,40).
4. A propósito de los “sacramentos de la curación”, san Agustín afirma: “Dios cura todas tus enfermedades. No temas, pues: todas tus enfermedades serán curadas … Tú sólo debes dejar que él te cure y no rechazar sus manos” (Exposición sobre el salmo 102, 5: PL 36, 1319-1320). Se trata de medios preciosos de la gracia de Dios, que ayudan al enfermo a conformarse, cada vez con más plenitud, con el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Junto a estos dos sacramentos, quisiera también subrayar la importancia de la eucaristía. Cuando se recibe en el momento de la enfermedad contribuye de manera singular a realizar esta transformación, asociando a quien se nutre con el Cuerpo y la Sangre de Jesús al ofrecimiento que él ha hecho de sí mismo al Padre para la salvación de todos. Toda la comunidad eclesial, y la comunidad parroquial en particular, han de asegurar la posibilidad de acercarse con frecuencia a la comunión sacramental a quienes, por motivos de salud o de edad, no pueden ir a los lugares de culto. De este modo, a estos hermanos y hermanas se les ofrece la posibilidad de reforzar la relación con Cristo crucificado y resucitado, participando, con su vida ofrecida por amor a Cristo, en la misma misión de la Iglesia. En esta perspectiva, es importante que los sacerdotes que prestan su delicada misión en los hospitales, en las clínicas y en las casas de los enfermos se sientan verdaderos « “ministros de los enfermos”, signo e instrumento de la compasión de Cristo, que debe llegar a todo hombre marcado por el sufrimiento» (Mensaje para la XVIII Jornada Mundial del Enfermo, 22 de noviembre de 2009).
La conformación con el misterio pascual de Cristo, realizada también mediante la práctica de la comunión espiritual, asume un significado muy particular cuando la eucaristía se administra y se recibe como viático. En ese momento de la existencia, resuenan de modo aún más incisivo las palabras del Señor: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54). En efecto, la eucaristía, sobre todo como viático, es –según la definición de san Ignacio de Antioquia– “fármaco de inmortalidad, antídoto contra la muerte” (Carta a los Efesios, 20: PG 5, 661), sacramento del paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre, que a todos espera en la Jerusalén celeste.
5. El tema de este Mensaje para la XX Jornada Mundial del Enfermo, “¡Levántate, vete; tu fe te ha salvado!”, se refiere también al próximo “Año de la fe”, que comenzará el 11 de octubre de 2012, ocasión propicia y preciosa para redescubrir la fuerza y la belleza de la fe, para profundizar sus contenidos y para testimoniarla en la vida de cada día (cf. Carta ap. Porta fidei, 11 de octubre de 2011). Deseo animar a los enfermos y a los que sufren a encontrar siempre en la fe un ancla segura, alimentada por la escucha de la palabra de Dios, la oración personal y los sacramentos, a la vez que invito a los pastores a facilitar a los enfermos su celebración. Que los sacerdotes, siguiendo el ejemplo del Buen Pastor y como guías de la grey que les ha sido confiada, se muestren llenos de alegría, atentos con los más débiles, los sencillos, los pecadores, manifestando la infinita misericordia de Dios con las confortadoras palabras de la esperanza (cf. S. Agustín, Carta 95, 1: PL 33, 351-352).
A todos los que trabajan en el mundo de la salud, como también a las familias que en sus propios miembros ven el rostro sufriente del Señor Jesús, renuevo mi agradecimiento y el de la Iglesia, porque, con su competencia profesional y tantas veces en silencio, sin hablar de Cristo, lo manifiestan (cf. Homilía, S. Misa Crismal, 21 de abril de 2011).
A María, Madre de Misericordia y Salud de los Enfermos, dirigimos nuestra mirada confiada y nuestra oración; su materna compasión, vivida junto al Hijo agonizante en la Cruz, acompañe y sostenga la fe y la esperanza de cada persona enferma y que sufre en el camino de curación de las heridas del cuerpo y del espíritu.
Os aseguro mi recuerdo en la oración, mientras imparto a cada uno una especial Bendición Apostólica.
Vaticano, 20 de noviembre de 2011, solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.
“¡Levántate, vete; tu fe te ha salvado!” (Lc 17,19)
Queridos hermanos y hermanas!
En ocasión de la Jornada Mundial del Enfermo, que celebraremos el próximo 11 de febrero de 2012, memoria de la Bienaventurada Virgen de Lourdes, deseo renovar mi cercanía espiritual a todos los enfermos que se están hospitalizados o son atendidos por las familias, y expreso a cada uno la solicitud y el afecto de toda la Iglesia. En la acogida generosa y afectuosa de cada vida humana, sobre todo la débil y enferma, el cristiano expresa un aspecto importante de su testimonio evangélico siguiendo el ejemplo de Cristo, que se ha inclinado ante los sufrimientos materiales y espirituales del hombre para curarlos.
1. Este año, que constituye la preparación más inmediata para la solemne Jornada Mundial del Enfermo, que se celebrará en Alemania el 11 de febrero de 2013, y que se centrará en la emblemática figura evangélica del samaritano (cf. Lc 10,29-37), quisiera poner el acento en los “sacramentos de curación”, es decir, en el sacramento de la penitencia y de la reconciliación, y en el de la unción de los enfermos, que culminan de manera natural en la comunión eucarística.
El encuentro de Jesús con los diez leprosos, descrito en el Evangelio de san Lucas (cf. Lc 17,11-19), y en particular las palabras que el Señor dirige a uno de ellos: “¡Levántate, vete; tu fe te ha salvado!” (v. 19), ayudan a tomar conciencia de la importancia de la fe para quienes, agobiados por el sufrimiento y la enfermedad, se acercan al Señor. En el encuentro con él, pueden experimentar realmente que ¡quien cree no está nunca solo! En efecto, Dios por medio de su Hijo, no nos abandona en nuestras angustias y sufrimientos, está junto a nosotros, nos ayuda a llevarlas y desea curar nuestro corazón en lo más profundo (cf. Mc 2,1-12).
La fe de aquel leproso que, a diferencia de los otros, al verse sanado, vuelve enseguida a Jesús lleno de asombro y de alegría para manifestarle su reconocimiento, deja entrever que la salud recuperada es signo de algo más precioso que la simple curación física, es signo de la salvación que Dios nos da a través de Cristo, y que se expresa con las palabras de Jesús: tu fe te ha salvado. Quien invoca al Señor en su sufrimiento y enfermedad, está seguro de que su amor no le abandona nunca, y de que el amor de la Iglesia, que continúa en el tiempo su obra de salvación, nunca le faltará. La curación física, expresión de la salvación más profunda, revela así la importancia que el hombre, en su integridad de alma y cuerpo, tiene para el Señor. Cada uno de los sacramentos, además, expresa y actúa la proximidad Dios mismo, el cual, de manera absolutamente gratuita, “nos toca por medio de realidades materiales …, que él toma a su servicio y las convierte en instrumentos del encuentro entre nosotros y Él mismo” (Homilía, S. Misa Crismal, 1 de abril de 2010). “La unidad entre creación y redención se hace visible. Los sacramentos son expresión de la corporeidad de nuestra fe, que abraza cuerpo y alma, al hombre entero” (Homilía, S. Misa Crismal, 21 de abril de 2011).
La tarea principal de la Iglesia es, ciertamente, el anuncio del Reino de Dios, «pero precisamente este mismo anuncio debe ser un proceso de curación: “… para curar los corazones desgarrados” (Is 61,1)» (ibíd.), según la misión que Jesús confió a sus discípulos (cf. Lc 9,1-2; Mt 10,1.5-14; Mc 6,7-13). El binomio entre salud física y renovación del alma lacerada nos ayuda, pues, a comprender mejor los “sacramentos de curación”.
2. El sacramento de la penitencia ha sido, a menudo, el centro de reflexión de los pastores de la Iglesia, por su gran importancia en el camino de la vida cristiana, ya que “toda la fuerza de la Penitencia consiste en que nos restituye a la gracia de Dios y nos une a Él con profunda amistad” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1468). La Iglesia, continuando el anuncio de perdón y reconciliación, proclamado por Jesús, no cesa de invitar a toda la humanidad a convertirse y a creer en el Evangelio. Así lo dice el apóstol Pablo: “Nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo, os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Co 5,20). Jesús, con su vida anuncia y hace presente la misericordia del Padre. Él no ha venido para condenar, sino para perdonar y salvar, para dar esperanza incluso en la oscuridad más profunda del sufrimiento y del pecado, para dar la vida eterna; así, en el sacramento de la penitencia, en la “medicina de la confesión”, la experiencia del pecado no degenera en desesperación, sino que encuentra el amor que perdona y transforma (cf. Juan Pablo II, Exhortación ap. postsin. Reconciliatio et Paenitentia, 31).
Dios, “rico en misericordia” (Ef 2,4), como el padre de la parábola evangélica (cf. Lc 15, 11-32), no cierra el corazón a ninguno de sus hijos, sino que los espera, los busca, los alcanza allí donde el rechazo de la comunión les ha encerrado en el aislamiento y en la división, los llama a reunirse en torno a su mesa, en la alegría de la fiesta del perdón y la reconciliación. El momento del sufrimiento, en el cual podría surgir la tentación de abandonarse al desaliento y a la desesperación, puede transformarse en tiempo de gracia para recapacitar y, como el hijo pródigo de la parábola, reflexionar sobre la propia vida, reconociendo los errores y fallos, sentir la nostalgia del abrazo del Padre y recorrer el camino de regreso a casa. Él, con su gran amor vela siempre y en cualquier circunstancia sobre nuestra existencia y nos espera para ofrecer, a cada hijo que vuelve a él, el don de la plena reconciliación y de la alegría.
3. De la lectura del Evangelio emerge, claramente, cómo Jesús ha mostrado una particular predilección por los enfermos. Él no sólo ha enviado a sus discípulos a curar las heridas (cf. Mt 10,8; Lc 9,2; 10,9), sino que también ha instituido para ellos un sacramento específico: la unción de los enfermos. La carta de Santiago atestigua la presencia de este gesto sacramental ya en la primera comunidad cristiana (cf. 5,14-16): con la unción de los enfermos, acompañada con la oración de los presbíteros, toda la Iglesia encomienda a los enfermos al Señor sufriente y glorificado, para que les alivie sus penas y los salve; es más, les exhorta a unirse espiritualmente a la pasión y a la muerte de Cristo, para contribuir, de este modo, al bien del Pueblo de Dios.
Este sacramento nos lleva a contemplar el doble misterio del monte de los Olivos, donde Jesús dramáticamente encuentra, aceptándola, la vía que le indicaba el Padre, la de la pasión, la del supremo acto de amor. En esa hora de prueba, él es el mediador “llevando en sí mismo, asumiendo en sí mismo el sufrimiento de la pasión del mundo, transformándolo en grito hacia Dios, llevándolo ante los ojos de Dios y poniéndolo en sus manos, llevándolo así realmente al momento de la redención” (Lectio divina, Encuentro con el clero de Roma, 18 de febrero de 2010). Pero “el Huerto de los Olivos es también el lugar desde el cual ascendió al Padre, y es por tanto el lugar de la Redención … Este doble misterio del monte de los Olivos está siempre “activo” también en el óleo sacramental de la Iglesia … signo de la bondad de Dios que llega a nosotros” (Homilía, S. Misa Crismal, 1 de abril de 2010). En la unción de los enfermos, la materia sacramental del óleo se nos ofrece, por decirlo así, “como medicina de Dios … que ahora nos da la certeza de su bondad, que nos debe fortalecer y consolar, pero que, al mismo tiempo, y más allá de la enfermedad, remite a la curación definitiva, a la resurrección (cf. St 5,14)” (ibíd.).
Este sacramento merece hoy una mayor consideración, tanto en la reflexión teológica como en la acción pastoral con los enfermos. Valorizando los contenidos de la oración litúrgica que se adaptan a las diversas situaciones humanas unidas a la enfermedad, y no sólo cuando se ha llegado al final de la vida (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1514), la unción de los enfermos no debe ser considerada como “un sacramento menor” respecto a los otros. La atención y el cuidado pastoral hacia los enfermos, por un lado es señal de la ternura de Dios con los que sufren, y por otro lado beneficia también espiritualmente a los sacerdotes y a toda la comunidad cristiana, sabiendo que todo lo que se hace con el más pequeño, se hace con el mismo Jesús (cf. Mt 25,40).
4. A propósito de los “sacramentos de la curación”, san Agustín afirma: “Dios cura todas tus enfermedades. No temas, pues: todas tus enfermedades serán curadas … Tú sólo debes dejar que él te cure y no rechazar sus manos” (Exposición sobre el salmo 102, 5: PL 36, 1319-1320). Se trata de medios preciosos de la gracia de Dios, que ayudan al enfermo a conformarse, cada vez con más plenitud, con el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Junto a estos dos sacramentos, quisiera también subrayar la importancia de la eucaristía. Cuando se recibe en el momento de la enfermedad contribuye de manera singular a realizar esta transformación, asociando a quien se nutre con el Cuerpo y la Sangre de Jesús al ofrecimiento que él ha hecho de sí mismo al Padre para la salvación de todos. Toda la comunidad eclesial, y la comunidad parroquial en particular, han de asegurar la posibilidad de acercarse con frecuencia a la comunión sacramental a quienes, por motivos de salud o de edad, no pueden ir a los lugares de culto. De este modo, a estos hermanos y hermanas se les ofrece la posibilidad de reforzar la relación con Cristo crucificado y resucitado, participando, con su vida ofrecida por amor a Cristo, en la misma misión de la Iglesia. En esta perspectiva, es importante que los sacerdotes que prestan su delicada misión en los hospitales, en las clínicas y en las casas de los enfermos se sientan verdaderos « “ministros de los enfermos”, signo e instrumento de la compasión de Cristo, que debe llegar a todo hombre marcado por el sufrimiento» (Mensaje para la XVIII Jornada Mundial del Enfermo, 22 de noviembre de 2009).
La conformación con el misterio pascual de Cristo, realizada también mediante la práctica de la comunión espiritual, asume un significado muy particular cuando la eucaristía se administra y se recibe como viático. En ese momento de la existencia, resuenan de modo aún más incisivo las palabras del Señor: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54). En efecto, la eucaristía, sobre todo como viático, es –según la definición de san Ignacio de Antioquia– “fármaco de inmortalidad, antídoto contra la muerte” (Carta a los Efesios, 20: PG 5, 661), sacramento del paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre, que a todos espera en la Jerusalén celeste.
5. El tema de este Mensaje para la XX Jornada Mundial del Enfermo, “¡Levántate, vete; tu fe te ha salvado!”, se refiere también al próximo “Año de la fe”, que comenzará el 11 de octubre de 2012, ocasión propicia y preciosa para redescubrir la fuerza y la belleza de la fe, para profundizar sus contenidos y para testimoniarla en la vida de cada día (cf. Carta ap. Porta fidei, 11 de octubre de 2011). Deseo animar a los enfermos y a los que sufren a encontrar siempre en la fe un ancla segura, alimentada por la escucha de la palabra de Dios, la oración personal y los sacramentos, a la vez que invito a los pastores a facilitar a los enfermos su celebración. Que los sacerdotes, siguiendo el ejemplo del Buen Pastor y como guías de la grey que les ha sido confiada, se muestren llenos de alegría, atentos con los más débiles, los sencillos, los pecadores, manifestando la infinita misericordia de Dios con las confortadoras palabras de la esperanza (cf. S. Agustín, Carta 95, 1: PL 33, 351-352).
A todos los que trabajan en el mundo de la salud, como también a las familias que en sus propios miembros ven el rostro sufriente del Señor Jesús, renuevo mi agradecimiento y el de la Iglesia, porque, con su competencia profesional y tantas veces en silencio, sin hablar de Cristo, lo manifiestan (cf. Homilía, S. Misa Crismal, 21 de abril de 2011).
A María, Madre de Misericordia y Salud de los Enfermos, dirigimos nuestra mirada confiada y nuestra oración; su materna compasión, vivida junto al Hijo agonizante en la Cruz, acompañe y sostenga la fe y la esperanza de cada persona enferma y que sufre en el camino de curación de las heridas del cuerpo y del espíritu.
Os aseguro mi recuerdo en la oración, mientras imparto a cada uno una especial Bendición Apostólica.
Vaticano, 20 de noviembre de 2011, solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.
martes, 24 de mayo de 2011
Campaña del Enfermo 2011
GUIÓN LITÚRGICO 29 de mayo
VI Domingo de Pascua - Pascua del Enfermo
¿Cómo se enfrentan hoy los jóvenes a los acontecimientos fundamentales de la existencia,
es decir, a la salud y la enfermedad, a la vida y la muerte, al sufrimiento y la
curación?
La salud es uno de los bienes fundamentales del ser humano y constituye una de sus
aspiraciones permanentes. Para los mismos jóvenes la salud es algo muy importante en
su vida. Pero junto a la alta valoración de la salud, encontramos comportamientos y
actitudes contradictorias. Ponemos nuestra salud en manos de los grandes avances de
las ciencias médicas y quizá nos sentimos menos responsables de nuestra salud.
La Iglesia ha de aportar aquello que le es más propio, es decir, ayudar a los jóvenes de
hoy a vivir su salud de manera sana y responsable; estar cerca de los jóvenes que sufren
y acompañarles a afrontar esa realidad y a vivirla como posibilidad de crecimiento y
de maduración; reconocer y avivar la sensibilidad y solidaridad de los jóvenes hacia las
personas enfermas, con discapacidad, mayores o con dependencia. Cualquier época
de la vida, probablemente más aún en la juventud, es importante tomar conciencia del
valor y sentido de la salud. Jesús es la salud y seguirle es una de las maneras más sanas
y gratificantes de vivir.
Enfermedad, dolor y sufrimiento son experiencias personales, cargadas siempre de misterio,
un misterio difícil de aceptar y de sobrellevar, difícil de expresar con palabras. Los
jóvenes sufren y enferman. Jesús pasó por esta experiencia humana y nos enseñó cómo
debemos vivirlo personalmente. Las actitudes de Jesús nos ayudan a vislumbrar desde
la fe el sentido de la vida, también en medio del sufrimiento, y el valor redentor del
amor. Pero, sobre todo, nos enseñan a descubrir que podemos buscar un para qué.
Jesús no pasó de largo ante los enfermos, se acercó a ellos, se conmovió ante su situación,
les dedicó una atención preferente y los libró de la soledad y abandono en que
se encontraban reintegrándolos a la comunidad. Los jóvenes disponen, por ello, de un
enorme potencial interior para ayudar a los que sufren.
No es agradable oír hablar del morir y la muerte y menos en una etapa donde lo que
prima es la sensación de vivir. Sin embargo, la muerte está presente en los jóvenes, y
aunque de formas muy diversas, con frecuencia, la realidad de la vida les obliga a tener
que encararla de frente. La muerte entonces impacta con fuerza, deja sin palabras, remueve
por dentro, provoca reacciones, suscita preguntas e interrogantes, etc. La muerte
forma parte de la vida.
Jesús ama la vida, se conmueve ante la muerte y llora. A Jesús no le deja indiferente
la muerte. Mirar la muerte, a la luz de Jesús, ayuda a vivir más plenamente la vida y a
valorar y agradecer la vida como un don que se ha de vivir en actitud de agradecimiento
y alabanza; ayuda a vivir las pequeñas muertes de cada día y acompañar a quienes
están experimentando la muerte en su propia carne y necesitan alguien que les tienda
su mano y les consuele; ayuda a combatir lo que aquí y ahora está generando muerte:
hambre, violencia, guerras, deterioro de la naturaleza, reparto injusto de recursos, etc.
A todos nos incumbe la tarea y la responsabilidad de cuidar y curar la vida en sus
grandes acontecimientos y trasmitir formas sanas de vida. Como testigos de Cristo resucitado
tenemos que vivir curando la vida y aliviando el sufrimiento.
Canciones para la celebración
❖ Entrada: Cristo resucitó. Aleluya (CLN A 13); En medio de nosotros (2CLN, A6);
Invoco al Dios altísimo (CLN, 713).
❖ Salmo 65: El Señor me libró de todas mis ansias.
❖ Aleluya: 1CLN, E 2
❖ Preparación de Ofrendas: Bendito seas, Señor. (1CLN, H5); Ubi Caritas, o Música
instrumental
❖ Santo 1CLN, I 5
❖ Comunión: Donde hay caridad y amor (1CLN, O 26); Pequeñas aclaraciones
(CLN, 725); Fiesta del banquete (1CLN, O 23);
❖ Final: Regina coeli (gregoriano). María, madre del dolor (del disco ¡Vive! de
Kairoi); Canción del testigo (1CLN-404); Gracias, Señor, por nuestra vida (1CLN,
609); Una canción popular.
ORACIÓN
Padre de bondad y misericordia,
en la Cruz de tu Hijo has dado
el mayor signo de amor
y regalado la vida en plenitud.
El sufrimiento, cargado de misterio,
es difícil de aceptar y sobrellevar.
Duele el dolor del inocente,
nos cuestiona el sufrimiento del joven
y su muerte, tronchando en flor,
proyectos y esperanzas.
Ayúdanos, Señor Jesús, a contemplar la Cruz
en la que bajaste a las profundidades
del sufrimiento humano;
en ella nos hiciste partícipes de tu amor,
para poder mirar con ojos de esperanza
los males que nos afligen.
Allí, al pie de la cruz, María,
desde el abismo de su dolor,
acogió la misión de ser madre
de Cristo en todos sus miembros.
Que ella, estrella de la esperanza,
nos ayude a verte y encontrarte
en el rostro del hermano que sufre,
y, en el rostro del enfermo, sepamos ver
el rostro de los rostros: el de Cristo.
Juventud y salud
GUIÓN LITÚRGICO 29 de mayo
VI Domingo de Pascua - Pascua del Enfermo
¿Cómo se enfrentan hoy los jóvenes a los acontecimientos fundamentales de la existencia,
es decir, a la salud y la enfermedad, a la vida y la muerte, al sufrimiento y la
curación?
La salud es uno de los bienes fundamentales del ser humano y constituye una de sus
aspiraciones permanentes. Para los mismos jóvenes la salud es algo muy importante en
su vida. Pero junto a la alta valoración de la salud, encontramos comportamientos y
actitudes contradictorias. Ponemos nuestra salud en manos de los grandes avances de
las ciencias médicas y quizá nos sentimos menos responsables de nuestra salud.
La Iglesia ha de aportar aquello que le es más propio, es decir, ayudar a los jóvenes de
hoy a vivir su salud de manera sana y responsable; estar cerca de los jóvenes que sufren
y acompañarles a afrontar esa realidad y a vivirla como posibilidad de crecimiento y
de maduración; reconocer y avivar la sensibilidad y solidaridad de los jóvenes hacia las
personas enfermas, con discapacidad, mayores o con dependencia. Cualquier época
de la vida, probablemente más aún en la juventud, es importante tomar conciencia del
valor y sentido de la salud. Jesús es la salud y seguirle es una de las maneras más sanas
y gratificantes de vivir.
Enfermedad, dolor y sufrimiento son experiencias personales, cargadas siempre de misterio,
un misterio difícil de aceptar y de sobrellevar, difícil de expresar con palabras. Los
jóvenes sufren y enferman. Jesús pasó por esta experiencia humana y nos enseñó cómo
debemos vivirlo personalmente. Las actitudes de Jesús nos ayudan a vislumbrar desde
la fe el sentido de la vida, también en medio del sufrimiento, y el valor redentor del
amor. Pero, sobre todo, nos enseñan a descubrir que podemos buscar un para qué.
Jesús no pasó de largo ante los enfermos, se acercó a ellos, se conmovió ante su situación,
les dedicó una atención preferente y los libró de la soledad y abandono en que
se encontraban reintegrándolos a la comunidad. Los jóvenes disponen, por ello, de un
enorme potencial interior para ayudar a los que sufren.
No es agradable oír hablar del morir y la muerte y menos en una etapa donde lo que
prima es la sensación de vivir. Sin embargo, la muerte está presente en los jóvenes, y
aunque de formas muy diversas, con frecuencia, la realidad de la vida les obliga a tener
que encararla de frente. La muerte entonces impacta con fuerza, deja sin palabras, remueve
por dentro, provoca reacciones, suscita preguntas e interrogantes, etc. La muerte
forma parte de la vida.
Jesús ama la vida, se conmueve ante la muerte y llora. A Jesús no le deja indiferente
la muerte. Mirar la muerte, a la luz de Jesús, ayuda a vivir más plenamente la vida y a
valorar y agradecer la vida como un don que se ha de vivir en actitud de agradecimiento
y alabanza; ayuda a vivir las pequeñas muertes de cada día y acompañar a quienes
están experimentando la muerte en su propia carne y necesitan alguien que les tienda
su mano y les consuele; ayuda a combatir lo que aquí y ahora está generando muerte:
hambre, violencia, guerras, deterioro de la naturaleza, reparto injusto de recursos, etc.
A todos nos incumbe la tarea y la responsabilidad de cuidar y curar la vida en sus
grandes acontecimientos y trasmitir formas sanas de vida. Como testigos de Cristo resucitado
tenemos que vivir curando la vida y aliviando el sufrimiento.
Canciones para la celebración
❖ Entrada: Cristo resucitó. Aleluya (CLN A 13); En medio de nosotros (2CLN, A6);
Invoco al Dios altísimo (CLN, 713).
❖ Salmo 65: El Señor me libró de todas mis ansias.
❖ Aleluya: 1CLN, E 2
❖ Preparación de Ofrendas: Bendito seas, Señor. (1CLN, H5); Ubi Caritas, o Música
instrumental
❖ Santo 1CLN, I 5
❖ Comunión: Donde hay caridad y amor (1CLN, O 26); Pequeñas aclaraciones
(CLN, 725); Fiesta del banquete (1CLN, O 23);
❖ Final: Regina coeli (gregoriano). María, madre del dolor (del disco ¡Vive! de
Kairoi); Canción del testigo (1CLN-404); Gracias, Señor, por nuestra vida (1CLN,
609); Una canción popular.
ORACIÓN
Padre de bondad y misericordia,
en la Cruz de tu Hijo has dado
el mayor signo de amor
y regalado la vida en plenitud.
El sufrimiento, cargado de misterio,
es difícil de aceptar y sobrellevar.
Duele el dolor del inocente,
nos cuestiona el sufrimiento del joven
y su muerte, tronchando en flor,
proyectos y esperanzas.
Ayúdanos, Señor Jesús, a contemplar la Cruz
en la que bajaste a las profundidades
del sufrimiento humano;
en ella nos hiciste partícipes de tu amor,
para poder mirar con ojos de esperanza
los males que nos afligen.
Allí, al pie de la cruz, María,
desde el abismo de su dolor,
acogió la misión de ser madre
de Cristo en todos sus miembros.
Que ella, estrella de la esperanza,
nos ayude a verte y encontrarte
en el rostro del hermano que sufre,
y, en el rostro del enfermo, sepamos ver
el rostro de los rostros: el de Cristo.
Juventud y salud

Juventud y salud
Campaña del Enfermo 2011
Mensaje de los Obispos de la Comisión
Episcopal de Pastoral
MENSAJE CEP
Los mismos jóvenes la valoran como algo muy importante en su vida, junto con la familia
y los amigos. La evolución de la sociedad y el avance de las ciencias médicas nos
permiten constatar que la salud de los jóvenes nunca ha estado mejor que hoy.
Estas realidades son dignas de elogio y animamos por tanto a los responsables a seguir
aportando nuevas iniciativas. Pero al mismo tiempo, junto a la alta valoración de la
salud, encontramos comportamientos y actitudes contradictorias. No podemos silenciar
que sigue habiendo datos preocupantes en la salud de los jóvenes, como son el aumento
del estrés mental, el abuso del alcohol, el tabaco, las drogas, la nutrición inadecuada, la
escasa actividad física, los accidentes y las enfermedades de transmisión sexual.
2. Disponemos de grandes avances en las ciencias médicas y de sofisticadas tecnologías,
pero quizá dependemos más de ellos y nos sentimos menos responsables de
nuestra salud. La Campaña del Enfermo y la celebración de la Pascua son momentos
importantes para una reflexión sobre la vida misma y los acontecimientos que le dan
contenido, con sus luces y sus sombras, con su carga más humana y esa entraña solidaria
que se hace arte en el cuidar y curar, en el acoger y acompañar la salud en su
dimensión más plena.
En este tiempo de Pascua resuena con fuerza la invitación de Cristo Resucitado a
vivir la vida, a sentirnos responsables de nuestra salud, a cuidarla como un tesoro que
nos permite vivir humanamente, entregándonos por amor al servicio de los necesitados.
Hemos de unir esfuerzos y aportar lo que a la Iglesia le es más propio, es decir, ayudar
a los jóvenes de hoy a vivir su salud de manera sana y responsable; estar cerca de los
jóvenes que sufren y acompañarles a afrontar esa realidad y a vivirla como oportunidad
para el crecimiento y la maduración; reconocer y avivar la sensibilidad y solidaridad de
los jóvenes hacia las personas enfermas, con discapacidad, mayores o dependientes.
Una serena lectura de las páginas sobre la salud en el Evangelio nos ayudará a descubrir
que en Jesús, su persona, sus intervenciones, sus gestos, toda su actuación y su
vida despiertan y promueven la vida y la salud del ser humano: “he venido para que
tengan vida y la tengan abundante” (cf. Jn 10, 10). Jesús es la salud y seguirle es una de
las formas más sanas y gratificantes de vivir.
3. La enfermedad es una experiencia dolorosa y da origen a diversos tipos de sufrimiento.
Duele el dolor físico pero también el sufrimiento espiritual, es decir, duele
verse limitado y frágil, no valerse por sí mismo y tener que depender de los demás,
hacer sufrir a los familiares, sentir la propia vida amenazada, sufrir sin saber por qué,
para qué y hasta cuándo. Enfermedad, dolor y sufrimiento son experiencias personales,
MENSAJE CEP
envueltas en el misterio, un misterio difícil de aceptar y de sobrellevar, difícil de expresar
con palabras. Los jóvenes sufren y también enferman. ¿Cómo reaccionan? ¿Cómo lo
afrontan y lo viven? ¿De qué recursos disponen? ¿Qué es lo que les ayuda?
Jesús pasó por esta experiencia humana y nos enseñó cómo debemos vivirlo nosotros.
Sus actitudes nos ayudan a vislumbrar desde la fe el sentido de la vida, también
en el sufrimiento. Nos enseñan el valor redentor del amor y, sobre todo, a descubrir
que podemos buscar un para qué. Él vive la vida en plenitud, con una profunda alegría
interior que le brota de la vivencia gozosa del Padre y de su dedicación a la causa del
Reino. Jesús se somete a la cruz para cumplir la voluntad del Padre,
4. Estar junto al enfermo no resulta fácil, complica a veces nuestra vida, nos plantea
profundos interrogantes y nos recuerda cosas que no aceptamos con facilidad. Jesús
nunca pasó de largo ante los enfermos. Se acercó a ellos, se conmovió por su situación,
les dedicó atención preferente y les libró de la soledad y el abandono en que se encontraban,
hasta reintegrarlos a la comunidad.
Los jóvenes disponen de un enorme potencial interior para ayudar a los que sufren.
Y llegan a descubrir que su ayuda a los que sufren es un servicio a Jesús: “Estuve enfermo
y me visitasteis” (Mt 25,36), un servicio a la humanidad y un servicio que revierte
en ellos mismos.
5. Oír hablar de muerte en una una etapa de la vida en la que desbordan las sensaciones
de vivir no es agradable. Sin embargo, la muerte está también presente en los
jóvenes, y la realidad de la vida les obliga a tener que encararla de frente: el amigo
que se estrelló con la moto, el compañero que se despeñó en la sierra, el amigo al que
quieres tanto y que se va agotando por semanas con el cáncer, el que no pudo dejar
de pincharse, el compañero de clase que se cansó de vivir, la persona ya mayor, tan
entrañable y querida, que murió de repente....
Impacta entonces la muerte y nos deja sin palabras, remueve por dentro, provoca
reacciones, suscita preguntas e interrogantes, etc. Ahora bien, como la muerte forma
parte de la vida, ¿es mejor soslayarla o mirarla de frente? ¿Podemos hacerlo de forma
madura y positiva? Jesús ama la vida, se conmueve ante la muerte y llora. Sus gestos,
sus palabras y su trayectoria nos muestran una forma de vivir la vida de manera intensa,
con realismo, sin idealizarla ni envolverla en amargura y desesperanza.
Mirar la muerte, a la luz de Jesús, ayuda a vivir más plenamente la vida y a valorar
y agradecerla como don de Dios, don que se ha de vivir en actitud de agradecimiento
y alabanza. Ayuda a vivir los pequeños tránsitos de cada día y acompañar a quienes
están experimentando la muerte en su propia carne y necesitan alguien que les tienda
su mano y les consuele; ayuda a combatir lo que aquí y ahora está generando muerte:
hambre, violencia, guerras, deterioro de la naturaleza, reparto injusto de recursos, etc.
6. Ante estos grandes acontecimientos de la vida, vosotros, queridos jóvenes, sois
los grandes protagonistas de la Campaña. Podéis llegar, mejor que nadie, a vuestros
compañeros y amigos y compartir juntos puntos de vista, búsquedas, testimonios y
experiencias. Hasta encontraros con Jesús, para implicaros y apoyaros en actividades y
compromisos en este campo. Sois los jóvenes los principales evangelizadores del mundo
en el que vivís. Como profesionales que trabajáis en el mundo de la salud o como
voluntarios en una asociación, movimiento o equipo pastoral.
A todos nos incumbe la tarea y la responsabilidad de cuidar y curar la vida en sus
momentos difíciles y trasmitir formas sanas de vida. Las comunidades cristianas, los
servicios pastorales de los hospitales, los profesionales sanitarios cristianos, los educadores
y formadores, los movimientos y voluntariados, todos en la Iglesia hemos de
ayudar a descubrir los valores saludables que encierra el Evangelio. ¿Cómo? Responsabilizándonos
del cuidado de nuestra salud y de la promoción de la salud de los otros.
Como testigos del Resucitado, vivamos curando la vida y aliviando el sufrimiento.
Que María, Madre de los Jóvenes y Salud de los enfermos, acompañe nuestros días
de Pascua y toda nuestra vida.
Los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral
Sebastià Taltavull Anglada, Obispo Auxiliar de Barcelona
Rafael Palmero Ramos, Obispo de Orihuela-Alicante
Francesc Pardo Artigas, Obispo de Girona
José Manuel Lorca Planes, Obispo de Cartagena-Murcia
José Vilaplana Blasco, Obispo de Huelva
Campaña del Enfermo 2011
Mensaje de los Obispos de la Comisión
Episcopal de Pastoral
MENSAJE CEP
Los mismos jóvenes la valoran como algo muy importante en su vida, junto con la familia
y los amigos. La evolución de la sociedad y el avance de las ciencias médicas nos
permiten constatar que la salud de los jóvenes nunca ha estado mejor que hoy.
Estas realidades son dignas de elogio y animamos por tanto a los responsables a seguir
aportando nuevas iniciativas. Pero al mismo tiempo, junto a la alta valoración de la
salud, encontramos comportamientos y actitudes contradictorias. No podemos silenciar
que sigue habiendo datos preocupantes en la salud de los jóvenes, como son el aumento
del estrés mental, el abuso del alcohol, el tabaco, las drogas, la nutrición inadecuada, la
escasa actividad física, los accidentes y las enfermedades de transmisión sexual.
2. Disponemos de grandes avances en las ciencias médicas y de sofisticadas tecnologías,
pero quizá dependemos más de ellos y nos sentimos menos responsables de
nuestra salud. La Campaña del Enfermo y la celebración de la Pascua son momentos
importantes para una reflexión sobre la vida misma y los acontecimientos que le dan
contenido, con sus luces y sus sombras, con su carga más humana y esa entraña solidaria
que se hace arte en el cuidar y curar, en el acoger y acompañar la salud en su
dimensión más plena.
En este tiempo de Pascua resuena con fuerza la invitación de Cristo Resucitado a
vivir la vida, a sentirnos responsables de nuestra salud, a cuidarla como un tesoro que
nos permite vivir humanamente, entregándonos por amor al servicio de los necesitados.
Hemos de unir esfuerzos y aportar lo que a la Iglesia le es más propio, es decir, ayudar
a los jóvenes de hoy a vivir su salud de manera sana y responsable; estar cerca de los
jóvenes que sufren y acompañarles a afrontar esa realidad y a vivirla como oportunidad
para el crecimiento y la maduración; reconocer y avivar la sensibilidad y solidaridad de
los jóvenes hacia las personas enfermas, con discapacidad, mayores o dependientes.
Una serena lectura de las páginas sobre la salud en el Evangelio nos ayudará a descubrir
que en Jesús, su persona, sus intervenciones, sus gestos, toda su actuación y su
vida despiertan y promueven la vida y la salud del ser humano: “he venido para que
tengan vida y la tengan abundante” (cf. Jn 10, 10). Jesús es la salud y seguirle es una de
las formas más sanas y gratificantes de vivir.
3. La enfermedad es una experiencia dolorosa y da origen a diversos tipos de sufrimiento.
Duele el dolor físico pero también el sufrimiento espiritual, es decir, duele
verse limitado y frágil, no valerse por sí mismo y tener que depender de los demás,
hacer sufrir a los familiares, sentir la propia vida amenazada, sufrir sin saber por qué,
para qué y hasta cuándo. Enfermedad, dolor y sufrimiento son experiencias personales,
MENSAJE CEP
envueltas en el misterio, un misterio difícil de aceptar y de sobrellevar, difícil de expresar
con palabras. Los jóvenes sufren y también enferman. ¿Cómo reaccionan? ¿Cómo lo
afrontan y lo viven? ¿De qué recursos disponen? ¿Qué es lo que les ayuda?
Jesús pasó por esta experiencia humana y nos enseñó cómo debemos vivirlo nosotros.
Sus actitudes nos ayudan a vislumbrar desde la fe el sentido de la vida, también
en el sufrimiento. Nos enseñan el valor redentor del amor y, sobre todo, a descubrir
que podemos buscar un para qué. Él vive la vida en plenitud, con una profunda alegría
interior que le brota de la vivencia gozosa del Padre y de su dedicación a la causa del
Reino. Jesús se somete a la cruz para cumplir la voluntad del Padre,
4. Estar junto al enfermo no resulta fácil, complica a veces nuestra vida, nos plantea
profundos interrogantes y nos recuerda cosas que no aceptamos con facilidad. Jesús
nunca pasó de largo ante los enfermos. Se acercó a ellos, se conmovió por su situación,
les dedicó atención preferente y les libró de la soledad y el abandono en que se encontraban,
hasta reintegrarlos a la comunidad.
Los jóvenes disponen de un enorme potencial interior para ayudar a los que sufren.
Y llegan a descubrir que su ayuda a los que sufren es un servicio a Jesús: “Estuve enfermo
y me visitasteis” (Mt 25,36), un servicio a la humanidad y un servicio que revierte
en ellos mismos.
5. Oír hablar de muerte en una una etapa de la vida en la que desbordan las sensaciones
de vivir no es agradable. Sin embargo, la muerte está también presente en los
jóvenes, y la realidad de la vida les obliga a tener que encararla de frente: el amigo
que se estrelló con la moto, el compañero que se despeñó en la sierra, el amigo al que
quieres tanto y que se va agotando por semanas con el cáncer, el que no pudo dejar
de pincharse, el compañero de clase que se cansó de vivir, la persona ya mayor, tan
entrañable y querida, que murió de repente....
Impacta entonces la muerte y nos deja sin palabras, remueve por dentro, provoca
reacciones, suscita preguntas e interrogantes, etc. Ahora bien, como la muerte forma
parte de la vida, ¿es mejor soslayarla o mirarla de frente? ¿Podemos hacerlo de forma
madura y positiva? Jesús ama la vida, se conmueve ante la muerte y llora. Sus gestos,
sus palabras y su trayectoria nos muestran una forma de vivir la vida de manera intensa,
con realismo, sin idealizarla ni envolverla en amargura y desesperanza.
Mirar la muerte, a la luz de Jesús, ayuda a vivir más plenamente la vida y a valorar
y agradecerla como don de Dios, don que se ha de vivir en actitud de agradecimiento
y alabanza. Ayuda a vivir los pequeños tránsitos de cada día y acompañar a quienes
están experimentando la muerte en su propia carne y necesitan alguien que les tienda
su mano y les consuele; ayuda a combatir lo que aquí y ahora está generando muerte:
hambre, violencia, guerras, deterioro de la naturaleza, reparto injusto de recursos, etc.
6. Ante estos grandes acontecimientos de la vida, vosotros, queridos jóvenes, sois
los grandes protagonistas de la Campaña. Podéis llegar, mejor que nadie, a vuestros
compañeros y amigos y compartir juntos puntos de vista, búsquedas, testimonios y
experiencias. Hasta encontraros con Jesús, para implicaros y apoyaros en actividades y
compromisos en este campo. Sois los jóvenes los principales evangelizadores del mundo
en el que vivís. Como profesionales que trabajáis en el mundo de la salud o como
voluntarios en una asociación, movimiento o equipo pastoral.
A todos nos incumbe la tarea y la responsabilidad de cuidar y curar la vida en sus
momentos difíciles y trasmitir formas sanas de vida. Las comunidades cristianas, los
servicios pastorales de los hospitales, los profesionales sanitarios cristianos, los educadores
y formadores, los movimientos y voluntariados, todos en la Iglesia hemos de
ayudar a descubrir los valores saludables que encierra el Evangelio. ¿Cómo? Responsabilizándonos
del cuidado de nuestra salud y de la promoción de la salud de los otros.
Como testigos del Resucitado, vivamos curando la vida y aliviando el sufrimiento.
Que María, Madre de los Jóvenes y Salud de los enfermos, acompañe nuestros días
de Pascua y toda nuestra vida.
Los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral
Sebastià Taltavull Anglada, Obispo Auxiliar de Barcelona
Rafael Palmero Ramos, Obispo de Orihuela-Alicante
Francesc Pardo Artigas, Obispo de Girona
José Manuel Lorca Planes, Obispo de Cartagena-Murcia
José Vilaplana Blasco, Obispo de Huelva
XIX Jornada Mundial del Enfermo 2011
XIX Jornada Mundial del Enfermo
Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI
11 de febrero de 2011
“Por sus heridas habéis sido
curados” (1P 2, 24)
¡Queridos hermanos y hermanas!
Con ocasión de la memoria de la Santísima Virgen de Lourdes, que se celebra el 11 de
febrero, la Iglesia propone cada año la Jornada Mundial del Enfermo. Como lo quiso el
Venerable Juan Pablo II, esta circunstancia es propicia para reflexionar en torno al misterio
del sufrimiento y, sobre todo, para que nuestras comunidades y la sociedad civil sean más
sensibles hacia los hermanos y hermanas enfermos. Si cada hombre es nuestro hermano, con
mayor razón deben estar en el centro de nuestra atención el débil, el que sufre y el que
necesita atención, a fin de que ninguno de ellos se sienta olvidado o marginado; de hecho “la
grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento
y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad
que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que
el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e
inhumana” (Carta Encíclica Spe Salvi, 38). Las iniciativas que se promoverán en cada una de
las Diócesis con ocasión de esta Jornada, sirvan de estímulo a fin de hacer cada vez más
eficaz el cuidado de los que sufren y en la perspectiva de la solemne celebración que se
realizará en el 2013 en el Santuario mariano de Altötting, Alemania.
1. Todavía conservo vivo en el corazón el momento en que, durante mi visita pastoral a
Turín, me detuve a reflexionar y orar ante el Sagrado Sudario, delante de ese rostro sufriente
que nos invita a meditar en Aquel que ha cargado sobre sí la pasión del hombre de todo
tiempo y lugar, incluso nuestros sufrimientos, nuestras dificultades y nuestros pecados. A lo
largo de la historia ¡cuántos fieles han pasado delante de esa tela sepulcral, que ha envuelto el
cuerpo de un hombre crucificado, que corresponde en todo a lo que nos transmiten los
Evangelios sobre la pasión y la muerte de Jesús! Contemplarlo es una invitación a reflexionar
sobre lo que escribe san Pedro: “Por sus heridas habéis sido curados” (1P 2,24). El Hijo de
Dios ha sufrido, ha muerto, pero ha resucitado, y precisamente por esto esas llagas son el
signo de nuestra redención, del perdón y de la reconciliación con el Padre; pero también se
han convertido en banco de pruebas para la fe de los discípulos y para nuestra fe: cada vez
que el Señor habla de su pasión y muerte, ellos no comprenden, se oponen, lo rechazan. Para
ellos, como para nosotros, el sufrimiento permanece siempre cargado de misterio, difícil de
aceptar y de sobrellevar. Los dos discípulos de Emaús caminan tristes por los acontecimientos
ocurridos en esos días en Jerusalén, y sólo cuando el Resucitado recorre el camino con ellos,
se abren a una visión nueva (cfr. Lc 24, 13-31). También el apóstol Tomás manifiesta la
dificultad de creer en el camino de la pasión redentora: “Si no veo en sus manos la señal de
los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no
creeré” (Jn 20, 25). Pero frente a Cristo que le muestra sus heridas, su respuesta se transforma
en una conmovedora profesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28). Lo que antes era
un obstáculo insuperable, porque es visto como señal del aparente fracaso de Jesús, en el
encuentro con el Resucitado se vuelve la prueba de un amor victorioso: “Sólo un Dios que
nos ama hasta cargar con nuestras heridas y nuestro dolor, sobre todo del inocente, es digno
de fe” (Mensaje Urbi et Orbi, Pascua 2007).
2. Queridos enfermos y personas que sufrís, precisamente a través de las llagas de Cristo
podemos ver, con ojos de esperanza, todos los males que afligen a la humanidad.
Resucitando, el Señor no ha querido quitar el sufrimiento y el mal del mundo, pero los ha
vencido en su raíz. A la prepotencia del Mal ha opuesto la omnipotencia de su Amor. Nos ha
indicado, pues, que el Amor es el camino de la paz y del gozo: “Como yo os he amado, así
también os améis unos a otros” (Jn 13, 34). Cristo, vencedor de la muerte, está vivo entre
nosotros. Y mientras, con san Tomás, repetimos también nosotros: “¡Señor mío y Dios mío!”,
sigamos a nuestro Maestro con la disponibilidad de dar la vida por nuestros hermanos (cfr.
1Jn 3, 16), como mensajeros de un gozo que no teme el dolor, el gozo de la Resurrección.
San Bernardo afirma: “Dios no puede padecer, pero puede compadecer”. Dios es la Verdad y
el Amor en persona, quiso sufrir por nosotros y con nosotros; se hizo hombre para poder compadecer
con el hombre, de manera real, en carne y sangre. Por tanto, en todo sufrimiento
humano ha entrado Uno que comparte el sufrimiento y el padecer; en cada sufrimiento se
difunde la con-solatio, la consolación del amor partícipe de Dios para hacer aparecer la
estrella de la esperanza (cfr. Carta Encíclica Spe Salvi, 39).
A vosotros, queridos hermanos y hermanas, repito este mensaje a fin de que seáis testigos de
él a través de vuestro sufrimiento, de vuestra vida y de vuestra fe.
3. Teniendo en cuenta la cita de Madrid, en el próximo mes de agosto de 2011, para la
Jornada Mundial de la Juventud, quisiera dirigir también un pensamiento particular a los
jóvenes, especialmente a los que viven la experiencia de la enfermedad. A menudo la Pasión
y la Cruz de Jesús atemorizan, porque aparentan ser como la negación de la vida. En realidad,
¡es exactamente lo contrario! La Cruz es el “sí” de Dios al hombre, la expresión más elevada
y más intensa de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna. Del corazón atravesado de
Jesús ha brotado esta vida divina. Sólo Él es capaz de liberar al mundo del mal y de hacer
crecer su Reino de justicia, de paz y de amor al cual todos aspiramos (cfr. Mensaje para la
Jornada mundial de la Juventud 2011, 3). Queridos jóvenes, aprended a “ver” y a “encontrar”
a Jesús en la Eucaristía, donde está presente de manera real para nosotros, hasta hacerse
alimento para el camino, pero reconocedlo y servidlo también en los pobres, en los enfermos,
en los hermanos que sufren y están en dificultad; ellos tienen necesidad de vuestra ayuda (cfr.
ibid. 4). A todos vosotros jóvenes, enfermos y sanos, os invito a crear puentes de amor y
solidaridad, a fin de que ninguno se sienta solo, sino cercano a Dios y formando parte de la
gran familia de sus hijos (cfr. Audiencia general, 15 de noviembre de 2006).
4. Contemplando las heridas de Jesús nuestra mirada se dirige a su sacratísimo Corazón, en
el cual se manifiesta en sumo grado el amor de Dios. El Sagrado Corazón es Cristo
crucificado, con su costado atravesado por la lanza del cual brotan sangre y agua (cfr. Jn 19,
34), “símbolo de los sacramentos de la Iglesia, a fin de que todos los hombres, atraídos por el
Corazón del Salvador, lleguen con gozo a la fuente perenne de la salvación” (Misal Romano,
Prefacio de la Solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús). Especialmente vosotros,
queridos enfermos, sentid la cercanía de este Corazón cargado de amor y acercaos con fe y
con gozo a esa fuente, orando: “Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo,
confórtame. Oh buen Jesús, escúchame. Dentro de tus llagas, escóndeme” (Oración de S.
Ignacio de Loyola).
5. Al concluir este Mensaje para la próxima Jornada Mundial del Enfermo, deseo manifestar
mi afecto a todos y a cada uno, sintiéndome partícipe de los sufrimientos y de las esperanzas
que vivís cotidianamente en unión a Cristo crucificado y resucitado, a fin de que os dé la paz
y la curación del corazón. Con Él os asista la Virgen María, a quien invocamos con confianza
Salud de los enfermos y Consoladora de los afligidos. A los pies de la Cruz se realiza para
ella la profecía de Simeón: su corazón de Madre será atravesado (cfr. Lc 2, 35). Desde el
abismo de su dolor, con el que participa en el de su Hijo, María se vuelve capaz de acoger la
nueva misión: ser la Madre de Cristo en sus miembros. En la hora de la Cruz, Jesús le
presenta a cada uno de sus discípulos diciéndole: “Ahí tienes a tu hijo” (cfr. Jn 19, 26-27). La
compasión materna hacia el Hijo, se vuelve compasión materna hacia cada uno de nosotros en
nuestros sufrimientos cotidianos (cfr. Homilía en Lourdes, 15 de setiembre de 2008).
Queridos hermanos y hermanas, en esta Jornada Mundial del Enfermo, invito también a las
Autoridades a fin de que inviertan más energías en estructuras sanitarias que ayuden y
sostengan a los que sufren, sobre todo a los más pobres y necesitados, y, dirigiendo mi
pensamiento a todas las Diócesis, envío un afectuoso saludo a los Obispos, a los sacerdotes, a
las personas consagradas, a los seminaristas, a los agentes sanitarios, a los voluntarios y a
todos los que se dedican con amor a curar y a aliviar las heridas de cada hermano o hermana
enfermos, en los hospitales o clínicas, en las familias: en los rostros de los enfermos aprended
a ver siempre el Rostro de los rostros: el de Cristo.
A todos aseguro mi recuerdo en la oración, a la vez que imparto a cada uno una Bendición
Apostólica especial.
Desde el Vaticano, 21 de noviembre de 2010
Fiesta de Cristo Rey del Universo
Benedictus PP XVI
Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI
11 de febrero de 2011
“Por sus heridas habéis sido
curados” (1P 2, 24)
¡Queridos hermanos y hermanas!
Con ocasión de la memoria de la Santísima Virgen de Lourdes, que se celebra el 11 de
febrero, la Iglesia propone cada año la Jornada Mundial del Enfermo. Como lo quiso el
Venerable Juan Pablo II, esta circunstancia es propicia para reflexionar en torno al misterio
del sufrimiento y, sobre todo, para que nuestras comunidades y la sociedad civil sean más
sensibles hacia los hermanos y hermanas enfermos. Si cada hombre es nuestro hermano, con
mayor razón deben estar en el centro de nuestra atención el débil, el que sufre y el que
necesita atención, a fin de que ninguno de ellos se sienta olvidado o marginado; de hecho “la
grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento
y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad
que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que
el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e
inhumana” (Carta Encíclica Spe Salvi, 38). Las iniciativas que se promoverán en cada una de
las Diócesis con ocasión de esta Jornada, sirvan de estímulo a fin de hacer cada vez más
eficaz el cuidado de los que sufren y en la perspectiva de la solemne celebración que se
realizará en el 2013 en el Santuario mariano de Altötting, Alemania.
1. Todavía conservo vivo en el corazón el momento en que, durante mi visita pastoral a
Turín, me detuve a reflexionar y orar ante el Sagrado Sudario, delante de ese rostro sufriente
que nos invita a meditar en Aquel que ha cargado sobre sí la pasión del hombre de todo
tiempo y lugar, incluso nuestros sufrimientos, nuestras dificultades y nuestros pecados. A lo
largo de la historia ¡cuántos fieles han pasado delante de esa tela sepulcral, que ha envuelto el
cuerpo de un hombre crucificado, que corresponde en todo a lo que nos transmiten los
Evangelios sobre la pasión y la muerte de Jesús! Contemplarlo es una invitación a reflexionar
sobre lo que escribe san Pedro: “Por sus heridas habéis sido curados” (1P 2,24). El Hijo de
Dios ha sufrido, ha muerto, pero ha resucitado, y precisamente por esto esas llagas son el
signo de nuestra redención, del perdón y de la reconciliación con el Padre; pero también se
han convertido en banco de pruebas para la fe de los discípulos y para nuestra fe: cada vez
que el Señor habla de su pasión y muerte, ellos no comprenden, se oponen, lo rechazan. Para
ellos, como para nosotros, el sufrimiento permanece siempre cargado de misterio, difícil de
aceptar y de sobrellevar. Los dos discípulos de Emaús caminan tristes por los acontecimientos
ocurridos en esos días en Jerusalén, y sólo cuando el Resucitado recorre el camino con ellos,
se abren a una visión nueva (cfr. Lc 24, 13-31). También el apóstol Tomás manifiesta la
dificultad de creer en el camino de la pasión redentora: “Si no veo en sus manos la señal de
los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no
creeré” (Jn 20, 25). Pero frente a Cristo que le muestra sus heridas, su respuesta se transforma
en una conmovedora profesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28). Lo que antes era
un obstáculo insuperable, porque es visto como señal del aparente fracaso de Jesús, en el
encuentro con el Resucitado se vuelve la prueba de un amor victorioso: “Sólo un Dios que
nos ama hasta cargar con nuestras heridas y nuestro dolor, sobre todo del inocente, es digno
de fe” (Mensaje Urbi et Orbi, Pascua 2007).
2. Queridos enfermos y personas que sufrís, precisamente a través de las llagas de Cristo
podemos ver, con ojos de esperanza, todos los males que afligen a la humanidad.
Resucitando, el Señor no ha querido quitar el sufrimiento y el mal del mundo, pero los ha
vencido en su raíz. A la prepotencia del Mal ha opuesto la omnipotencia de su Amor. Nos ha
indicado, pues, que el Amor es el camino de la paz y del gozo: “Como yo os he amado, así
también os améis unos a otros” (Jn 13, 34). Cristo, vencedor de la muerte, está vivo entre
nosotros. Y mientras, con san Tomás, repetimos también nosotros: “¡Señor mío y Dios mío!”,
sigamos a nuestro Maestro con la disponibilidad de dar la vida por nuestros hermanos (cfr.
1Jn 3, 16), como mensajeros de un gozo que no teme el dolor, el gozo de la Resurrección.
San Bernardo afirma: “Dios no puede padecer, pero puede compadecer”. Dios es la Verdad y
el Amor en persona, quiso sufrir por nosotros y con nosotros; se hizo hombre para poder compadecer
con el hombre, de manera real, en carne y sangre. Por tanto, en todo sufrimiento
humano ha entrado Uno que comparte el sufrimiento y el padecer; en cada sufrimiento se
difunde la con-solatio, la consolación del amor partícipe de Dios para hacer aparecer la
estrella de la esperanza (cfr. Carta Encíclica Spe Salvi, 39).
A vosotros, queridos hermanos y hermanas, repito este mensaje a fin de que seáis testigos de
él a través de vuestro sufrimiento, de vuestra vida y de vuestra fe.
3. Teniendo en cuenta la cita de Madrid, en el próximo mes de agosto de 2011, para la
Jornada Mundial de la Juventud, quisiera dirigir también un pensamiento particular a los
jóvenes, especialmente a los que viven la experiencia de la enfermedad. A menudo la Pasión
y la Cruz de Jesús atemorizan, porque aparentan ser como la negación de la vida. En realidad,
¡es exactamente lo contrario! La Cruz es el “sí” de Dios al hombre, la expresión más elevada
y más intensa de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna. Del corazón atravesado de
Jesús ha brotado esta vida divina. Sólo Él es capaz de liberar al mundo del mal y de hacer
crecer su Reino de justicia, de paz y de amor al cual todos aspiramos (cfr. Mensaje para la
Jornada mundial de la Juventud 2011, 3). Queridos jóvenes, aprended a “ver” y a “encontrar”
a Jesús en la Eucaristía, donde está presente de manera real para nosotros, hasta hacerse
alimento para el camino, pero reconocedlo y servidlo también en los pobres, en los enfermos,
en los hermanos que sufren y están en dificultad; ellos tienen necesidad de vuestra ayuda (cfr.
ibid. 4). A todos vosotros jóvenes, enfermos y sanos, os invito a crear puentes de amor y
solidaridad, a fin de que ninguno se sienta solo, sino cercano a Dios y formando parte de la
gran familia de sus hijos (cfr. Audiencia general, 15 de noviembre de 2006).
4. Contemplando las heridas de Jesús nuestra mirada se dirige a su sacratísimo Corazón, en
el cual se manifiesta en sumo grado el amor de Dios. El Sagrado Corazón es Cristo
crucificado, con su costado atravesado por la lanza del cual brotan sangre y agua (cfr. Jn 19,
34), “símbolo de los sacramentos de la Iglesia, a fin de que todos los hombres, atraídos por el
Corazón del Salvador, lleguen con gozo a la fuente perenne de la salvación” (Misal Romano,
Prefacio de la Solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús). Especialmente vosotros,
queridos enfermos, sentid la cercanía de este Corazón cargado de amor y acercaos con fe y
con gozo a esa fuente, orando: “Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo,
confórtame. Oh buen Jesús, escúchame. Dentro de tus llagas, escóndeme” (Oración de S.
Ignacio de Loyola).
5. Al concluir este Mensaje para la próxima Jornada Mundial del Enfermo, deseo manifestar
mi afecto a todos y a cada uno, sintiéndome partícipe de los sufrimientos y de las esperanzas
que vivís cotidianamente en unión a Cristo crucificado y resucitado, a fin de que os dé la paz
y la curación del corazón. Con Él os asista la Virgen María, a quien invocamos con confianza
Salud de los enfermos y Consoladora de los afligidos. A los pies de la Cruz se realiza para
ella la profecía de Simeón: su corazón de Madre será atravesado (cfr. Lc 2, 35). Desde el
abismo de su dolor, con el que participa en el de su Hijo, María se vuelve capaz de acoger la
nueva misión: ser la Madre de Cristo en sus miembros. En la hora de la Cruz, Jesús le
presenta a cada uno de sus discípulos diciéndole: “Ahí tienes a tu hijo” (cfr. Jn 19, 26-27). La
compasión materna hacia el Hijo, se vuelve compasión materna hacia cada uno de nosotros en
nuestros sufrimientos cotidianos (cfr. Homilía en Lourdes, 15 de setiembre de 2008).
Queridos hermanos y hermanas, en esta Jornada Mundial del Enfermo, invito también a las
Autoridades a fin de que inviertan más energías en estructuras sanitarias que ayuden y
sostengan a los que sufren, sobre todo a los más pobres y necesitados, y, dirigiendo mi
pensamiento a todas las Diócesis, envío un afectuoso saludo a los Obispos, a los sacerdotes, a
las personas consagradas, a los seminaristas, a los agentes sanitarios, a los voluntarios y a
todos los que se dedican con amor a curar y a aliviar las heridas de cada hermano o hermana
enfermos, en los hospitales o clínicas, en las familias: en los rostros de los enfermos aprended
a ver siempre el Rostro de los rostros: el de Cristo.
A todos aseguro mi recuerdo en la oración, a la vez que imparto a cada uno una Bendición
Apostólica especial.
Desde el Vaticano, 21 de noviembre de 2010
Fiesta de Cristo Rey del Universo
Benedictus PP XVI
sábado, 6 de febrero de 2010
MENSAJE DEL SANTO PADRE 2010
DELEGACIÓN DIOCESANA DE PASTORAL DE LA SALUD
El Día del Enfermo25 años Dando vida, Sembrando Esperanza
MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVIPARA LA XVIII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO
Queridos hermanos y hermanas:
El próximo 11 de febrero, memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María de Lourdes, se celebrará en la basílica vaticana la XVIII Jornada mundial del enfermo. La feliz coincidencia con el 25° aniversario de la institución del Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios constituye un motivo más para agradecer a Dios el camino recorrido hasta ahora en el sector de la pastoral de la salud. Deseo de corazón que ese aniversario sea ocasión para un celo apostólico más generoso al servicio de los enfermos y de quienes cuidan de ellos.
Cada año, con la Jornada mundial del enfermo, la Iglesia quiere sensibilizar a toda la comunidad eclesial sobre la importancia del servicio pastoral en el vasto mundo de la salud, un servicio que es parte integrante de su misión, ya que se inscribe en el surco de la misma misión salvífica de Cristo. Él, Médico divino, "pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo" (Hch 10, 38). En el misterio de su pasión, muerte y resurrección, el sufrimiento humano encuentra sentido y la plenitud de la luz. En la carta apostólica Salvifici doloris, el siervo de Dios Juan Pablo II tiene palabras iluminadoras al respecto: "El sufrimiento humano —escribió— ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo. Y a la vez ha entrado en una dimensión completamente nueva y en un orden nuevo: ha sido unido al amor (...), a aquel amor que crea el bien, sacándolo incluso del mal, sacándolo por medio del sufrimiento, así como el bien supremo de la redención del mundo ha sido sacado de la cruz de Cristo, y de ella toma constantemente su origen. La cruz de Cristo se ha convertido en una fuente de la que brotan ríos de agua viva" (n. 18).
El Señor Jesús en la última Cena, antes de volver al Padre, se inclinó para lavar los pies a los Apóstoles, anticipando el acto supremo de amor de la cruz. Con ese gesto invitó a sus discípulos a entrar en su misma lógica, la del amor que se da especialmente a los más pequeños y a los necesitados (cf. Jn 13, 12-17). Siguiendo su ejemplo, todo cristiano está llamado a revivir, en contextos distintos y siempre nuevos, la parábola del buen Samaritano, el cual, pasando al lado de un hombre al que los ladrones dejaron medio muerto al borde del camino, "al verlo tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: "Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva"" (Lc 10, 33-35).
Al final de la parábola, Jesús dice: "Ve y haz tú lo mismo" (Lc 10, 37). Con estas palabras se dirige también a nosotros. Nos exhorta a inclinarnos sobre las heridas del cuerpo y del espíritu de tantos hermanos y hermanas nuestros que encontramos por los caminos del mundo; nos ayuda a comprender que, con la gracia de Dios acogida y vivida en la vida de cada día, la experiencia de la enfermedad y del sufrimiento puede llegar a ser escuela de esperanza. En verdad, como afirmé en la encíclica Spe salvi, "lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que sufrió con amor infinito" (n. 37).
Ya el concilio ecuménico Vaticano II recordaba la importante tarea de la Iglesia de ocuparse del sufrimiento humano. En la constitución dogmática Lumen gentium leemos que como "Cristo fue enviado por el Padre "para anunciar a los pobres la Buena Nueva, para sanar a los de corazón destrozado" (Lc 4, 18), "a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19, 10); de manera semejante la Iglesia abraza con amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su fundador, pobre y sufriente, se preocupa de aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo" (n. 8).
Esta acción humanitaria y espiritual de la comunidad eclesial en favor de los enfermos y los que sufren a lo largo de los siglos se ha expresado en múltiples formas y estructuras sanitarias también de carácter institucional. Quisiera recordar aquí las gestionadas directamente por las diócesis y las que han nacido de la generosidad de varios institutos religiosos. Se trata de un valioso "patrimonio" que responde al hecho de que "el amor necesita también una organización, como presupuesto para un servicio comunitario ordenado" (Deus caritas est, 20). La creación del Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios, hace veinticinco años, forma parte de esa solicitud eclesial por el mundo de la salud. Y debo añadir que, en el actual momento histórico-cultural, se siente todavía más la exigencia de una presencia eclesial atenta y generalizada al lado de los enfermos, así como de una presencia en la sociedad capaz de transmitir de manera eficaz los valores evangélicos para la defensa de la vida humana en todas sus fases, desde su concepción hasta su fin natural.
Quisiera retomar aquí el Mensaje a los pobres, a los enfermos y a todos los que sufren, que los padres conciliares dirigieron al mundo al final del concilio ecuménico Vaticano II: "Vosotros que sentís más el peso de la cruz —dijeron— (...), vosotros que lloráis (...), vosotros los desconocidos del dolor, tened ánimo: vosotros sois los preferidos del reino de Dios, el reino de la esperanza, de la bondad y de la vida; vosotros sois los hermanos de Cristo sufriente y con él, si queréis, salváis al mundo" (Concilio Vaticano II. Constituciones. Decretos. Declaraciones. BAC, Madrid 1966, p. 845). Agradezco de corazón a las personas que cada día "realizan un servicio para con los que están enfermos y los que sufren", haciendo que "el apostolado de la misericordia de Dios, al que se dedican, responda cada vez mejor a las nuevas exigencias" (Juan Pablo II, constitución apostólica Pastor bonus, art. 152).
En este Año sacerdotal mi pensamiento se dirige en particular a vosotros, queridos sacerdotes, "ministros de los enfermos", signo e instrumento de la compasión de Cristo, que debe llegar a todo hombre marcado por el sufrimiento. Os invito, queridos presbíteros, a no escatimar esfuerzos para prestarles asistencia y consuelo. El tiempo transcurrido al lado de quien se encuentra en la prueba es fecundo en gracia para todas las demás dimensiones de la pastoral. Me dirijo por último a vosotros, queridos enfermos, y os pido que recéis y ofrezcáis vuestros sufrimientos por los sacerdotes, para que puedan mantenerse fieles a su vocación y su ministerio sea rico en frutos espirituales, para el bien de toda la Iglesia.
Con estos sentimientos, imploro para los enfermos, así como para los que los asisten, la protección maternal de María, Salus infirmorum, y a todos imparto de corazón la bendición apostólica.
Vaticano, 22 de noviembre de 2009, solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo.
El Día del Enfermo25 años Dando vida, Sembrando Esperanza
MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVIPARA LA XVIII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO
Queridos hermanos y hermanas:
El próximo 11 de febrero, memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María de Lourdes, se celebrará en la basílica vaticana la XVIII Jornada mundial del enfermo. La feliz coincidencia con el 25° aniversario de la institución del Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios constituye un motivo más para agradecer a Dios el camino recorrido hasta ahora en el sector de la pastoral de la salud. Deseo de corazón que ese aniversario sea ocasión para un celo apostólico más generoso al servicio de los enfermos y de quienes cuidan de ellos.
Cada año, con la Jornada mundial del enfermo, la Iglesia quiere sensibilizar a toda la comunidad eclesial sobre la importancia del servicio pastoral en el vasto mundo de la salud, un servicio que es parte integrante de su misión, ya que se inscribe en el surco de la misma misión salvífica de Cristo. Él, Médico divino, "pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo" (Hch 10, 38). En el misterio de su pasión, muerte y resurrección, el sufrimiento humano encuentra sentido y la plenitud de la luz. En la carta apostólica Salvifici doloris, el siervo de Dios Juan Pablo II tiene palabras iluminadoras al respecto: "El sufrimiento humano —escribió— ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo. Y a la vez ha entrado en una dimensión completamente nueva y en un orden nuevo: ha sido unido al amor (...), a aquel amor que crea el bien, sacándolo incluso del mal, sacándolo por medio del sufrimiento, así como el bien supremo de la redención del mundo ha sido sacado de la cruz de Cristo, y de ella toma constantemente su origen. La cruz de Cristo se ha convertido en una fuente de la que brotan ríos de agua viva" (n. 18).
El Señor Jesús en la última Cena, antes de volver al Padre, se inclinó para lavar los pies a los Apóstoles, anticipando el acto supremo de amor de la cruz. Con ese gesto invitó a sus discípulos a entrar en su misma lógica, la del amor que se da especialmente a los más pequeños y a los necesitados (cf. Jn 13, 12-17). Siguiendo su ejemplo, todo cristiano está llamado a revivir, en contextos distintos y siempre nuevos, la parábola del buen Samaritano, el cual, pasando al lado de un hombre al que los ladrones dejaron medio muerto al borde del camino, "al verlo tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: "Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva"" (Lc 10, 33-35).
Al final de la parábola, Jesús dice: "Ve y haz tú lo mismo" (Lc 10, 37). Con estas palabras se dirige también a nosotros. Nos exhorta a inclinarnos sobre las heridas del cuerpo y del espíritu de tantos hermanos y hermanas nuestros que encontramos por los caminos del mundo; nos ayuda a comprender que, con la gracia de Dios acogida y vivida en la vida de cada día, la experiencia de la enfermedad y del sufrimiento puede llegar a ser escuela de esperanza. En verdad, como afirmé en la encíclica Spe salvi, "lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que sufrió con amor infinito" (n. 37).
Ya el concilio ecuménico Vaticano II recordaba la importante tarea de la Iglesia de ocuparse del sufrimiento humano. En la constitución dogmática Lumen gentium leemos que como "Cristo fue enviado por el Padre "para anunciar a los pobres la Buena Nueva, para sanar a los de corazón destrozado" (Lc 4, 18), "a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19, 10); de manera semejante la Iglesia abraza con amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su fundador, pobre y sufriente, se preocupa de aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo" (n. 8).
Esta acción humanitaria y espiritual de la comunidad eclesial en favor de los enfermos y los que sufren a lo largo de los siglos se ha expresado en múltiples formas y estructuras sanitarias también de carácter institucional. Quisiera recordar aquí las gestionadas directamente por las diócesis y las que han nacido de la generosidad de varios institutos religiosos. Se trata de un valioso "patrimonio" que responde al hecho de que "el amor necesita también una organización, como presupuesto para un servicio comunitario ordenado" (Deus caritas est, 20). La creación del Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios, hace veinticinco años, forma parte de esa solicitud eclesial por el mundo de la salud. Y debo añadir que, en el actual momento histórico-cultural, se siente todavía más la exigencia de una presencia eclesial atenta y generalizada al lado de los enfermos, así como de una presencia en la sociedad capaz de transmitir de manera eficaz los valores evangélicos para la defensa de la vida humana en todas sus fases, desde su concepción hasta su fin natural.
Quisiera retomar aquí el Mensaje a los pobres, a los enfermos y a todos los que sufren, que los padres conciliares dirigieron al mundo al final del concilio ecuménico Vaticano II: "Vosotros que sentís más el peso de la cruz —dijeron— (...), vosotros que lloráis (...), vosotros los desconocidos del dolor, tened ánimo: vosotros sois los preferidos del reino de Dios, el reino de la esperanza, de la bondad y de la vida; vosotros sois los hermanos de Cristo sufriente y con él, si queréis, salváis al mundo" (Concilio Vaticano II. Constituciones. Decretos. Declaraciones. BAC, Madrid 1966, p. 845). Agradezco de corazón a las personas que cada día "realizan un servicio para con los que están enfermos y los que sufren", haciendo que "el apostolado de la misericordia de Dios, al que se dedican, responda cada vez mejor a las nuevas exigencias" (Juan Pablo II, constitución apostólica Pastor bonus, art. 152).
En este Año sacerdotal mi pensamiento se dirige en particular a vosotros, queridos sacerdotes, "ministros de los enfermos", signo e instrumento de la compasión de Cristo, que debe llegar a todo hombre marcado por el sufrimiento. Os invito, queridos presbíteros, a no escatimar esfuerzos para prestarles asistencia y consuelo. El tiempo transcurrido al lado de quien se encuentra en la prueba es fecundo en gracia para todas las demás dimensiones de la pastoral. Me dirijo por último a vosotros, queridos enfermos, y os pido que recéis y ofrezcáis vuestros sufrimientos por los sacerdotes, para que puedan mantenerse fieles a su vocación y su ministerio sea rico en frutos espirituales, para el bien de toda la Iglesia.
Con estos sentimientos, imploro para los enfermos, así como para los que los asisten, la protección maternal de María, Salus infirmorum, y a todos imparto de corazón la bendición apostólica.
Vaticano, 22 de noviembre de 2009, solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo.
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